Desabrochando a Martha

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Por cosas de la vida, tenía un boucher para un tiquete aéreo que, según yo, se vencía en noviembre.  Pensando en la maratón de los marines en octubre, decidí usarlo.  Intenté comprarlo por internet pero no funcionó.  Cuál fue mi sorpresa cuando llamé al call center y me dicen que se vencía en dos semanas.

No me quedó de otra que usar la lógica: gastar dinero para no perder ese dinero.

Por lo que terminé tomando unas ligeras y rápidas vacaciones a Washington, D.C., que resultaron ser mucho más provechosas de lo que me imaginaba.

Día 1 – La llegada

En mi cabeza, yo tenía que estar a las 6:00 am en el aeropuerto… pero en realidad, abordaban en 20 minutos para cuando llegué al counter.  Corrí el Juan Santamaría como si mi vida dependiera de ello y llegué justo a tiempo.

En Atlanta, la escala, también corrí: en dos horas tenía que pasar migración, las maletas por aduanas, seguridad, montarme en el trencito para llegar a la puerta B de la puerta E, comprar almuerzo y esperar a ver qué sucedía con mi siguiente vuelo.  Vale decir que lo logré y hasta me dio tiempo para comprar chicles.

Llegando a Baltimore, tomé un bus donde conocía un ruso muy buena gente que viene de una ciudad que se llama Ufa (merezco puntos extra por no reirme)  En la parada final, me recogieron mis amigos, a quienes no veía hace 6 años y quienes me dejaron quedarme en su casa.  Es sorprendente como los olores de una casa no cambian y te hacen traer muy buenos recuerdos.

Día 2 – La turistiada

Mi cuerpo está funcionando tan raro que, últimamente, solo duermo 5 horas.  A las 2 de la mañana ya estaba despierta leyendo conceptos básicos de Lacan para el curso que estoy llevando en la U.  Tres horas después, me puse tenis, shorts, camiseta, audífonos y fui a tomar el metro para cumplir un sueño absurdo, pero sueño al fin: correr en el The Mall.

Hay dos cosas chivas de correr ahí: hay muchos corredores a esa hora (entonces, no vas sola) y podés hacer el tour de monumentos, sin la cantidad extraordinaria de pubertos que andan de “field trip”.  Empecé al frente del Museo de Historia Natural, bajé al Monumento de Washington, pasé el Monumento a las Segunda Guerra Mundial, seguí hasta llegar al de Lincoln, justo a la par de la Piscina Reflectante.  Doblé a la izquierda para toparme con el de los Veteranos de la Guerra de Korea, crucé la avenida para toparme con el Monumento a Martin Luther King Jr (que no había visto), seguí la orilla de la Cuenca Tidal (donde todavía se pueden oler los cherry blossoms) para llegar al Monumento de Jefferson, pasando por el de Roosevelt.  Al final, le di un par de vueltas al National Mall hasta completar la hora que tenía que correr, pasando al frente del Capitolio, donde están haciendo remodelaciones y no se puede apreciar muy bien que digamos.

Dos metros (trenes) y una ducha después, ya estaba de vuelta en la calle, buscando Ben’s Chili Bowl: porque lo que es bueno para el Presidente, es bueno para mí.  Tomé suficientes energías para la caminada que me esperaba para llegar a Georgetown.  Ahí subí las gradas del Exorcista, caminé un poco por el canal y la calle M… pueda ser, o no, que haya hecho una o dos compritas… eso no lo sabremos…

Y como lo único que uno hace cuando va de viaje es comer, me fui para Georgetown Cupcakes.  ¡Por el amor a lo que es Santo y Bendito!  ¡Qué sabor el de ese Red Velvet y qué exquisito el de Caramelo salado!

Con las baterías cargadas, volví a pegarme la caminada sobre el puente del Río Potomac para llegar al metro y dirigirme al Mall.  Mi objetivo: buscar todas las obras de Andy Warhol.  Si no saben quién es, pues déjenme decirles que es uno de los artistas pop estadounidenses más conocidos en la historia de la vida y todavía utilizamos la famosa frase y concepto de los 15 minutos de fama.  Esto me hizo pasar por el Hirshhorn Museum, la Galería Nacional de Arte y la Galería Nacional de Retratos (al cual voy a regresar apenas tenga oportunidad) y pude ver obras hermosas de Pollock y Picasso.

Para este punto, el dolor de pies, tobillos y rodillas era tan terrible, que pude haber llorado si me lo hubiera propuesto.  Pero, aun así, jugué de machita para ver que ofrecía Old Navy, Target y CVS… porque un viaje a la yunai no es viaje si no se va a esas tiendas.

Día 3 y 4 – Visitando familia

Como ya les había contado, yo viví mi año de intercambio en esta ciudad.  Tenía que ir a visitar a mis familias anfitrionas.  Empecé con los Russings, que me recibieron cuando me echaron de mi primera familia (historia larga que algún día contaré).  Estuve con ellos un par de horas, poniéndonos al día: ellos contándome de sus nietos y yo hablándoles de mis planes.

Al medio día, fui a la casa donde terminé mi intercambio: los Merida-Britt.  Después de muchos besos, abrazos y almuerzo, Donna (cc: Mom) me llevó a ver a la abuela (cc: Grandma) que estaba en el hospital por una neumonía.  Fue hermoso ver a esta señora de 91 años acordarse de mí, alegrarse de tal manera que hasta las maquinas le empezaron a bipear.

Después de ver el final de Undercover Boss, la dejamos descansar y nos fuimos a H&M, una de mis tiendas favoritas.  Una blusa y un collar después, fuimos a tomar una siesta… porque el cuerpo resiste cierto grado de emoción, sin necesitar un descanso… necesario para salir a cenar.

El domingo me levanté temprano, me puse las tenis y fui a correr.  Lo bonito de ese vecindario es que es estar en un bosque.  No voy a negar que me dio un toque de miedo porque uno anda los barrios del sur en el corazón, sin dejar de lado que ahí apareció la Bruja de Blair… pero apechugué y completé los 10k que me había propuesto.

Todo el día lo pasé viendo televisión, acurrucada en el sillón del que fuera el “Meditation room” o cuarto de meditación (pero que siempre tuvo un TV, un DVD, miles de películas en un librero y hasta videojuegos)

Antes de despedirnos, fuimos a Panera (poque hay que ir cuando se va a la yunai) y a dejarle comida a Grandma.  Al salir, el carro no estaba.  Mi pensamiento criollo pensó: se robaron el carro y ahora, vamos a terminar en la policía, esto va a durar horas y yo no ando mi pasaporte y bueno…  El pensamiento de Mom fue: se lo llevó la grúa por estar mal estacionado.  Adivinen cuál tuvo la razón.

Día 5 – La parida La partida

Una vez más, a las 5 am ya estaba buscando vida.  Bañada, perfumada y arreglada, me fui a desayunar al Starbucks más cercano.  Después, al Target a comprar chocolates y necesidades: cherevecos con los que me acostumbré a vivir, pero que no venden en Costa Rica… porque yo soy así

Con suficiente tiempo, regresé a la casa donde me estaba quedando y que se habían ofrecido a llevarme a la parada del bus.  Pero conforme pasaba el tiempo, no se movían con suficiente velocidad como para llegar holgados de tiempo.  Desde ahí comenzó la tragedia griega.

No me pude despedir como Dios manda porque llegué apenas para tomar el bus.  Al llegar al aeropuerto, en vez de seguir mis instintos, seguí al idiota que dijo que la primera parada era la puerta a la aerolínea a la que iba.  Pues no: me tocó recorrer de esquina a esquina.  Chequié la maleta, pasé seguridad, compré chicles y agua, para llegar a la puerta de embarque y darme cuenta que, por tormentas eléctricas en Atlanta, el vuelo estaba atrasado.

¿Qué es lo mejor que uno puede hacer en ese momento?   Comprar carbohidratos y líquidos, porque uno no sabe cuánto tiempo va a tener que esperar.  Una hora después, ya estábamos abordando y por dicha estaba sentada al frente, porque llegué 20 minutos antes de que cerraran las puertas de mi segundo vuelo.  En esta ocasión, tenía que salir de la puerta B a la E… ¿mencioné que el aeropuerto es tan grande que tiene un tren interno?… Fui la última en entrar, gracias infinitas al Todopoderoso, porque si no, hubiera tenido que dormir en el aeropuerto y tomar un vuelo al día siguiente.

Cuando el avión salió de la manga, comenzó una tormenta de 30 minutos que no nos dejó despegar.  Por dicha, una vez más, soy una mujer súper precavida y andaba un sándwich que había comprado en Panera (tip que aprendí de mi queridísima hermana)  Cuatro horas después, estaba aterrizando en el Juan Santamaría y llevándome el pasmo de que mi maleta andaba en el limbo aeroportuario del mundo, por lo que tuve que regresar al día siguiente a recogerla: empapada de la tormenta en Atlanta.

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Hubo muchas cosas que no hice (Cementerio de Arlington), amigos que no pude ver (Alison, Raquel) y comida que no pude comer (Chipotle, Olive Garden)… pero no hay de qué preocuparse, que ya queda poco para regresar.

¿Qué otra cosa haría ustedes en la capital gringa?

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