Desabrochando a Martha

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Los que eramos niños a los finales de los ochentas, tenemos un recuerdo recurrente que se activa cada vez que desaparece una niña: Wendolyn Blackshaw.  Ella desapareció a los 8 años, en 1989.

Claro, esto fue algo impactante para los que éramos pequeños porque era cierto lo que nos decían nuestros padres, que si nos portábamos mal, algo terrible nos podía suceder.  Así mismo, nuestros padres tomaron la oportunidad en la mano y era común escuchar: “no se vaya a jugar solo en la calle, si no le pasa lo de Wendolyn” o “no me suelte la mano porque se la llevan como a Wendolyn”.

En mi casa, no era solo esta figura en particular que impedía las expediciones a la calle.  Transmitida por generaciones (llamensen, mis hermanos), estaba aquel tipo delgado, con una cabellera larga, negra, lustrosa y amarrada con una cola.  Jalaba un saco de gangoche, un machete y era conocido como El Viejo de la Colita.

La leyenda familiar cuenta que él agarraba a los chiquitos que se portaban mal, los metía en ese saco (que era mágico porque ahí los andaba a todos) y nunca los dejaba volver a sus casas. Definitivamente era cualquier marigüano que se dedicaba a chapear zacate y por eso andaba dichos instrumentos. Doña Martha dice que hasta fue conocido suyo del barrio, pero la vida lo fue llevando por un camino que no era considerado el correcto… y asustando a niños sin saberlo.

Pero ahí no termina las historias de terror.  Como a 5 cuadras de mi casa, sobre la autopista, vivía una bruja: vestida de un luto permanente, tenía los pelos tiesos de tanto decolorante, los labios rojos esbozaban una sonrisa de dientes despilfarrados por todas partes.  Nunca la escuché hablar.  Siempre llevaba una bolsa del Palí y una portamonedas.  La casa donde habitaba mantenía las puertas y ventanas cerradas 365 x 24 x 7 x n+1, es decir, siempre. La gente decía (léase mis hermanos) que si uno le hablaba, lo encerraba en la casa y hacía hechizos y brujerías.

A todo esto puedo decir dos cosas.  La primera es que hay que reconocer el nivel de imaginación que recorre las venas de esta familia.  La segunda es que, con todo y todo, doña Martha me dejaba salir a jugar a la calle, porque sabía que el miedo se había instaurado como recurso de autoconservación.

Jamás salía sola de mi casa con menos de 13 años… aunque caminaba casi un kilómetro para ir a la escuela desde los ocho años (trayecto que incluía curazar una autopista).  Para ir al centro de la capital, iba con alguno de mis hermanos.  Que si lo pienso bien,  éramos una niña de 12 años, con un par de enanos de 11 y 7 años… pero nunca nos pasó nada.

En el primer año del cole toqué la libertad con mis manos en forma de plata que no usaba para comer en la escuela (era típico escucharme decir: me regala un mordisquito)  Esa fortuna semanal me la gastaba en dar vueltas por todos los pueblos del GAM porque ya tenía permiso de viajar sola en bus.  Entonces, como soy una gran pata’e perro, llamaba a la oficina de doña Martha para avisar que estaba bien y me iba al Parque Central de Alajuela o en la Iglesia de Santo Domingo de Heredia o vagabundeando en el centro de San José.

Eso se podía porque no habían celulares, internet, gps ni mucho menos identificador de llamadas.  Lo más que había era el famoso bíper, que era demasiado caro como para que yo anduviera uno.  Lo que me refiero es que no había ese sentido de sobreprotección para saber por donde andaba uno a cada dos segundos del día. Uno de verdad que era libre.

Agradezco a la fortuna de la vida de haber nacido en una época no tan jodida.  Cuando veo estas noticias de adolescentes que no llegan a sus casas, status de Facebook de padres angustiados, el miedo de la sociedad por no dejar salir a los jóvenes, ese temor de que lo peor puede pasar.  Por un lado, me dan ganas de decirles: ay ya, dejenlos ser … pero por otro, creo que esta ha sido el momento de la historia más peligroso del país, a como lo fue aquella epoca en su momento.

Lo que digo pues, es que hay que enseñar a los chicos a que se las arreglen con lo que el mundo les esta brindando en este momento.  ¿De qué sirve mantener a un carajillo de 13 años encerrado porque le podría pasar algo, si cuando tenga 18 y vaya solo a la Universidad no va poder comportarse?  Se está privando a los güilas de vivir por miedo a que les pase algo, con una terrible sobreprotección… pero no les estamos enseñando a defenderse, se les está enseñando a encerrarse.

Es utópico pensar que vamos a vivir tiempos mejores y más seguros, es pérdia de tiempo dejar de vivir por la añoranza de tiempos mejores.

Eso ya pasó dos segundos atrás.

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... ¿quién dijo miedo?...

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Historico de las historietas

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Escuchen bien, niñas y niños de la creación:
He pasado por muchas marthadas y momentos de angustia sudor y lágrimas, como para que alguien más lo tome prestado y sin permiso.
Robar es malo, malo, malo.
¡Los que roban se van al infierno, con el resto de sus amigos!

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