Desabrochando a Martha

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No sé cómo se llama.  No sé quién es.  No sé si tiene familia.  No sé cuáles son sus sueños, sus metas, sus ideales.

Pero no se me sale de la mente esa última mirada.

Alto, moreno, ojos verdes, cabello castaño y tez bronceada: bien podría ser pakistaní, afgano o árabe.  Un día de tantos, comenzó a llegar al súper del chino cerca de mi casa.  Ayudaba a empacar las bolsas, a acomodar los estantes, a cuidar la puerta.

Es indiscutible su atractivo, pero lo que más me impactó fue su cara siempre inexpresiva y su mirada como si leyera mis pensamientos, como si supiera mis secretos, mi pasado.  Es de esa clase que por más voluntad en el corazón, solo el amor podría la sostener.  Desde que él se daba cuenta que me iba acercando, la mirada era fija en mí y yo la sentía cómo me seguía detrás, por cada uno de los pasillos del establecimiento.

Yo lo veía porque es un confitico al ojo, ni loca que una estuviera como para no aprovechar ver tanta belleza en un solo lugar.  Pero mi malicia indígena se despertaba y al acercarme, movía mi cabeza en otra dirección, suficiente, solo lo quiero para mirarlo, no voy a dar pie a nada más.  Al final de cuentas, estos son los barrios del sur de la capital josefina.

Estoy segura que él y yo sabíamos que él sabía, que yo sabía, que los dos sabíamos.  Además, ustedes me conocen: las neuronas del disimulo nunca se encontraron en mi cerebro…ahí deben de andar buscándose.

El nunca me dijo nada, ni yo a él.  No sé si tiene la voz grave o si es amable o si tiene los dientes torcidos.

Porque seamos honestos aquí: cada vez se hace más difícil socializar con un completo desconocido y ni entre conocidos nos vemos a los ojos.  Vivimos en un mundo donde estamos conectados todo el día, hablamos, compartimos, nos contamos la vida y milagros… pero cómo cuesta vernos.

En fin, él ya era parte de escenario en la pulpería: su presencia era innegable y constante.

El tiempo pasó y desapareció hace meses.

…hasta el sábado pasado…

Iba caminando hacia la feria del agricultor.  Él estaba con dos tipos de dudosa reputación, de esos que llamamos raticas.  Desde que lo vi en la esquina, sentí un vacío en el estómago: parado al frente de Narcóticos Anónimos, con la ropa que bien pudo haber sido del tío gordo que falleció, demacrado.

Desde que me vio, no me quitó la mirada.  Le dijo algo a los tipos que lo acompañaban, me volvieron a ver y comenzaron a vomitar culebras y sapos:“uy mami, qué rica que está, qué piernotas como para…”

El no dijo nada.

Yo no le pude quitar la mirada porque le vi algo extraño, diferente.

Fue él quien volteó su rostro cuando pasé al frente.

¿Tristeza? ¿Vergüenza? ¿Timidez?

Desde entonces, no me lo he podido sacar de la cabeza.


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... ¿quién dijo miedo?...

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Escuchen bien, niñas y niños de la creación:
He pasado por muchas marthadas y momentos de angustia sudor y lágrimas, como para que alguien más lo tome prestado y sin permiso.
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