Desabrochando a Martha

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Mi amiga Shirley tiene toda una filosofía de vida que va desde las caras de Putin cuando algo le sucede hasta frases célebres como “por culo dulce.”  Ella es una exquisitez por la libertad de temas, improperios, opiniones y cometarios llenos de folclor y criollismo.  acudo a ella cuando sé que tengo que sacarme del pecho algo políticamente incorrecto… lo cual suele suceder cuando vamos corriendo los fines de semana.

El domingo le conté que tengo que pasar por la pena de hacer algo que de verdad no quiero hacer, pero que tengo que hacer.  Como siempre, salió de sus labios la frase que solo se puede escuchar con fuegos pirotécnicos al fondo, una banda marchante que toca alguna obra maestra, mientras ángeles cargan un letrero con la misma:

“Uno siente que es tiempo que va a necesitar cuando se muera.

¡BOOOOM! My brain exploded.

Fue inevitable no pasar todos estos días filosofando sobre todo esas cosas inútiles, pero que había que hacer, en la que se perdió el tiempo… pero sin perderlo… ¿me explico?…

Voy a desmenuzarlo: aquí yo no estoy hablando de estupideces sencillas como lavar los platos porque eso hay que hacerlo para no llenarnos de hongos, básicamente.  Estoy hablando de mayores magnitudes, como haber hecho una hora de fila en el Servicio al Cliente de un banco para que, al final, te digan que hay que llamar al estúpido número 800.  O ir al cumpleaños de alguien que no te cae bien, pero tu mamá te obliga, con el pretexto de mantener la paz familiar.  O que se te vaya el puto bus que va a la oficina y te toca esperar una hora en la acera para que salga el siguiente.  O ir a una cita con alguien quien, a los dos segundos, te das cuenta que no hay química pero te quedás tres horas con el tipo porque no sabés como safarte.

Sí, todas me han pasado y en todos los casos siempre me pregunto: ¿qué carajos estoy lactando aquí?

Es peor aun cuando las expectativas son altas, los deseos muchos y todo comenzó bien… pero, poco a poco, todo fue en decadencia y simplemente no podés salir de donde estás.  Como cuando te llevan a la fiesta de un Fulano en Tuculillo de Montes Largo y está tan aburrido, tan lejos, tan tarde que pagar un taxi es un sueño y dependés del pendejo que te llevó hasta allá (que, por cierto, la está pasando bomba)

Entonces, yo lo veo complicado porque no es como que uno pueda decir: “la puta madre que los parió a todos, me largo porque ya estoy harta” No. Se. Puede.  No hay manera de anticiparlo.  Uno se da cuenta hasta que te cae como balde de agua fría el pensamiento “mae, estoy mamando”.

Por eso, creo que últimamente estoy tan impaciente.  A los dos segundos de ver que mi interlocutor está en otra vaina que no es la mía, salgo con un “bueno, chao mua”, “los vi” y mi favorito “me hartaron, me largo”.

Tampoco pido disculpas por irme porque cuando yo esté en mi lecho de muerte, viendo mi vida pasar, estoy segura que me voy a arrepentir de todo lo que no hice y el pedir perdón por irme cuando me estaban haciendo perder el tiempo, no va a ser una de ellas.

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Nadie me cree cuando les mando un email

Nadie me cree cuando les mando un email

 

Hace unos días recibí el famoso correo spam que dice que uno se ganó miles de dólares de un millonario africano.  Lo único que hay que hacer es contestar el correo con información personal que va desde el número de teléfono hasta la edad.  Obviamente, lo borré… después de postear un hermoso status con foto en Facebook.

Pero me he quedado pensando, ¿qué haría yo si me ganara 64 mil dólares por mi bella cara y carismática personalidad?

Empecemos por los puntos más obvios: no me compraría ni carro ni casa.  El primero porque nunca me ha interesado y el segundo por lo mismo.  El otro día hablaba con mi amiga Melili y ella me hacía ver como siempre ando hablando de alquilar apartamentos (ojalá con ventanas grandes en San José o San Pedro, con servicios incluidos en el alquiler… y que acepten perritos…)

Lo segundo es que no le diría ni a media alma porque apenas la gente se da cuenta que tenes cinco pesos más, te los piden prestados.  O por lo menos eso vi en TED de cómo ser feliz con dinero.  Seamos realistas: solo cierta cantidad puede prestarse, no a cualquiera, no siempre.

Finalmente, seguiría trabajando porque, en algún momento, todo ese dinero se va acabar.  Lo más probable es que sea en chicles y chocolates.  Eso sí, cancelaría los piquillos que tenga en deudas o así.

Aclarado los puntos generales en lo que todo el mundo haría, hace mucho tiempo leí una cuestión que creo que hacen en alguna religión: hay que compartirlo un porcentaje y gastar el resto lo más pronto posible.

Así es que tomaría una  parte para donarlo a Territorio de Zaguates.  Eso sin pensarlo dos veces.  Ellos necesitan tanto apoyo para poder mantener el lugar, pagar recibos y darle una calidad de vida a esos perritos… además, que uno sabe que no lo van a malgastar en cuestiones administrativas como la mayoría de las ONG o que va llegar un papanatas a robarles todo.

Lo siguiente es lo más obvio en mí: sacaría vacaciones para ir a Asia, una semana en cada uno de los países que siempre he soñado: India, Tailandia, Laos y China… y Japón… y Filipinas… y Malasia… bueno, tal vez dos meses sin goce de salario.

O si no, buscaría un posgrado en psicoanálisis en Austria o Francia (por obvias razones).

Y compraría muchos zapatos.  Y blusas.  Y libros.  Y una cámara para grabar mis aventuras en el mundo. Y… y… y… la plata se me iría en chicles y confites.

Sí, creo que le he puesto mucha cabeza.  Porque es cierto lo que salió en un estudio hace algunos años: todos creemos que seríamos felices si ganáramos un 10% más, no importa cuánto gane ahora, si son cientos, miles o millones.

Ustedes, ¿qué sería lo primero que harían se alguien les diera 64 000 dólares?

Los que eramos niños a los finales de los ochentas, tenemos un recuerdo recurrente que se activa cada vez que desaparece una niña: Wendolyn Blackshaw.  Ella desapareció a los 8 años, en 1989.

Claro, esto fue algo impactante para los que éramos pequeños porque era cierto lo que nos decían nuestros padres, que si nos portábamos mal, algo terrible nos podía suceder.  Así mismo, nuestros padres tomaron la oportunidad en la mano y era común escuchar: “no se vaya a jugar solo en la calle, si no le pasa lo de Wendolyn” o “no me suelte la mano porque se la llevan como a Wendolyn”.

En mi casa, no era solo esta figura en particular que impedía las expediciones a la calle.  Transmitida por generaciones (llamensen, mis hermanos), estaba aquel tipo delgado, con una cabellera larga, negra, lustrosa y amarrada con una cola.  Jalaba un saco de gangoche, un machete y era conocido como El Viejo de la Colita.

La leyenda familiar cuenta que él agarraba a los chiquitos que se portaban mal, los metía en ese saco (que era mágico porque ahí los andaba a todos) y nunca los dejaba volver a sus casas. Definitivamente era cualquier marigüano que se dedicaba a chapear zacate y por eso andaba dichos instrumentos. Doña Martha dice que hasta fue conocido suyo del barrio, pero la vida lo fue llevando por un camino que no era considerado el correcto… y asustando a niños sin saberlo.

Pero ahí no termina las historias de terror.  Como a 5 cuadras de mi casa, sobre la autopista, vivía una bruja: vestida de un luto permanente, tenía los pelos tiesos de tanto decolorante, los labios rojos esbozaban una sonrisa de dientes despilfarrados por todas partes.  Nunca la escuché hablar.  Siempre llevaba una bolsa del Palí y una portamonedas.  La casa donde habitaba mantenía las puertas y ventanas cerradas 365 x 24 x 7 x n+1, es decir, siempre. La gente decía (léase mis hermanos) que si uno le hablaba, lo encerraba en la casa y hacía hechizos y brujerías.

A todo esto puedo decir dos cosas.  La primera es que hay que reconocer el nivel de imaginación que recorre las venas de esta familia.  La segunda es que, con todo y todo, doña Martha me dejaba salir a jugar a la calle, porque sabía que el miedo se había instaurado como recurso de autoconservación.

Jamás salía sola de mi casa con menos de 13 años… aunque caminaba casi un kilómetro para ir a la escuela desde los ocho años (trayecto que incluía curazar una autopista).  Para ir al centro de la capital, iba con alguno de mis hermanos.  Que si lo pienso bien,  éramos una niña de 12 años, con un par de enanos de 11 y 7 años… pero nunca nos pasó nada.

En el primer año del cole toqué la libertad con mis manos en forma de plata que no usaba para comer en la escuela (era típico escucharme decir: me regala un mordisquito)  Esa fortuna semanal me la gastaba en dar vueltas por todos los pueblos del GAM porque ya tenía permiso de viajar sola en bus.  Entonces, como soy una gran pata’e perro, llamaba a la oficina de doña Martha para avisar que estaba bien y me iba al Parque Central de Alajuela o en la Iglesia de Santo Domingo de Heredia o vagabundeando en el centro de San José.

Eso se podía porque no habían celulares, internet, gps ni mucho menos identificador de llamadas.  Lo más que había era el famoso bíper, que era demasiado caro como para que yo anduviera uno.  Lo que me refiero es que no había ese sentido de sobreprotección para saber por donde andaba uno a cada dos segundos del día. Uno de verdad que era libre.

Agradezco a la fortuna de la vida de haber nacido en una época no tan jodida.  Cuando veo estas noticias de adolescentes que no llegan a sus casas, status de Facebook de padres angustiados, el miedo de la sociedad por no dejar salir a los jóvenes, ese temor de que lo peor puede pasar.  Por un lado, me dan ganas de decirles: ay ya, dejenlos ser … pero por otro, creo que esta ha sido el momento de la historia más peligroso del país, a como lo fue aquella epoca en su momento.

Lo que digo pues, es que hay que enseñar a los chicos a que se las arreglen con lo que el mundo les esta brindando en este momento.  ¿De qué sirve mantener a un carajillo de 13 años encerrado porque le podría pasar algo, si cuando tenga 18 y vaya solo a la Universidad no va poder comportarse?  Se está privando a los güilas de vivir por miedo a que les pase algo, con una terrible sobreprotección… pero no les estamos enseñando a defenderse, se les está enseñando a encerrarse.

Es utópico pensar que vamos a vivir tiempos mejores y más seguros, es pérdia de tiempo dejar de vivir por la añoranza de tiempos mejores.

Eso ya pasó dos segundos atrás.

Weekend

Reuniones desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde.  Discusiones todo el día.  Correos de gente enojada, que creen cómo hacer mi trabajo.  Leer 100 páginas de textos que no entiendo para la Universidad.  Atrasos en las entregas.  No tener tiempo ni para descansar.  La mente trabajando, día y noche, pensando en lo que queda pendiente.  Sin media hora para ir a correr.

Será por el propósito de este año de llevar la vida más despacio o será que de verdad estoy teniendo semanas del orto, que cuando llega el fin de semana solo quiero quitarme los zapatos, el bra, llenar mi refri de comida chatarra y desperdiciar oxigeno viendo televisión… es que los disfruto tanto

Sé el calibre de mi fin de semana, cuando decido irme temprano el viernes para disfrutar de la vida, pero me veo todavía conectada a las 7p.m.  Lo cual significa una sola cosa: hay demasiada pereza como para llegar a cocinar.  Para ir de compras al supermercado no, esos son otros cien pesos, eso de verdad lo disfruto… pero para llegar a pensar qué comer y de hecho cocinar… nah ah… el amor no da para tanto.  Así es que, muy probablemente, termine comprando comida: Subway, Spoon o BK (solo porque tengo unos cupones de 2×1 en Whopper).

Pero el cansancio es tanto, que devoro los alimentos y me quedo dormida, con la tele y la luz prendidas, los lentes puestos, la jeta sucia… y bueno, a media noche estoy forzando mi cuerpo a que se levante hacer lo que sea que tenga que hacer para descansar.

A la maña siguiente solo hay un plan: levantarme a vivir cuando ya no tenga sueño.  Muchos de ustedes pensarán que ya me convertí en la Bella Durmiente, porque siempre tengo sueño.  Pues no, lo cierto es que ya a las 10 de la mañana estoy radiante, viendo el mundo con ojos diferentes.

Lo que prosigue es un buen brunch: un vaso de agua para ayudar la digestión, huevos, pan, fruta, café con leche y pueda ser que ya me haya comido uno o dos chocolates durante la preparación.  Quiero que quede claro que cualquier tiempo de comida, de aquí en adelante, se realiza exclusivamente en mi cama, frente a la tv.

Bueno, cualquier momento de la vida sucede en la cama viendo Investigation Discovery o mi nuevo canal favorito, TNT Series.  El único momento en que circulo a lo largo de mi casa es para ir al baño o traer más comida.

Siendo terriblemente honesta, hay veces que el cargo de conciencia es grande (por eso de no hacer nada productivo), lo que me empuja a lavar ropa, platos o acomodar el típico sillón donde uno tira todo.  Advierto que eso sucede en lapsus: cuando termina un programa o están dando comerciales o el zapping no es lo suficiente como para mantenerme hipnotizada.

De pronto, llega el momento inevitable: después de que ha llovido, he tomado la siesta, jugado Candy Crush Soda hasta la saciedad, me pongo las tennis y voy a correr.  Al regresar a la casa, tomo una ducha eterna (si se fijan: no, no me baño hasta que sea justo y necesario), pongo música a todo volumen y preparo una deliciosa cena.

Es probable que el domingo se repita de la misma manera, pero con algunas diferencias.  Pueda ser que quede con alguna amiga para ir a desayunar a alguna parte.  O que en vez de ver Investigation Discovery, ponga una película.  En vez de correr después del aguacero, no salga del todo.  En vez de cocinar, solo recicle lo que quedó de la cena del día anterior.

Eso sí, a las 10 de la noche, en punto y como todos los días, suena la alarma para recordarme que ya es hora de dormir.  Aquí pueden suceder dos cosas.  La primera es que de vueltas y vueltas y vueltas porque no tengo sueño.  O bien, que justo en ese momento esté viendo algo súper interesante (como Harry Potter y la Cámara Secreta) y ni modo.

Ustedes, ¿cómo pasaron el fin de semana?

dc

 

Por cosas de la vida, tenía un boucher para un tiquete aéreo que, según yo, se vencía en noviembre.  Pensando en la maratón de los marines en octubre, decidí usarlo.  Intenté comprarlo por internet pero no funcionó.  Cuál fue mi sorpresa cuando llamé al call center y me dicen que se vencía en dos semanas.

No me quedó de otra que usar la lógica: gastar dinero para no perder ese dinero.

Por lo que terminé tomando unas ligeras y rápidas vacaciones a Washington, D.C., que resultaron ser mucho más provechosas de lo que me imaginaba.

Día 1 – La llegada

En mi cabeza, yo tenía que estar a las 6:00 am en el aeropuerto… pero en realidad, abordaban en 20 minutos para cuando llegué al counter.  Corrí el Juan Santamaría como si mi vida dependiera de ello y llegué justo a tiempo.

En Atlanta, la escala, también corrí: en dos horas tenía que pasar migración, las maletas por aduanas, seguridad, montarme en el trencito para llegar a la puerta B de la puerta E, comprar almuerzo y esperar a ver qué sucedía con mi siguiente vuelo.  Vale decir que lo logré y hasta me dio tiempo para comprar chicles.

Llegando a Baltimore, tomé un bus donde conocía un ruso muy buena gente que viene de una ciudad que se llama Ufa (merezco puntos extra por no reirme)  En la parada final, me recogieron mis amigos, a quienes no veía hace 6 años y quienes me dejaron quedarme en su casa.  Es sorprendente como los olores de una casa no cambian y te hacen traer muy buenos recuerdos.

Día 2 – La turistiada

Mi cuerpo está funcionando tan raro que, últimamente, solo duermo 5 horas.  A las 2 de la mañana ya estaba despierta leyendo conceptos básicos de Lacan para el curso que estoy llevando en la U.  Tres horas después, me puse tenis, shorts, camiseta, audífonos y fui a tomar el metro para cumplir un sueño absurdo, pero sueño al fin: correr en el The Mall.

Hay dos cosas chivas de correr ahí: hay muchos corredores a esa hora (entonces, no vas sola) y podés hacer el tour de monumentos, sin la cantidad extraordinaria de pubertos que andan de “field trip”.  Empecé al frente del Museo de Historia Natural, bajé al Monumento de Washington, pasé el Monumento a las Segunda Guerra Mundial, seguí hasta llegar al de Lincoln, justo a la par de la Piscina Reflectante.  Doblé a la izquierda para toparme con el de los Veteranos de la Guerra de Korea, crucé la avenida para toparme con el Monumento a Martin Luther King Jr (que no había visto), seguí la orilla de la Cuenca Tidal (donde todavía se pueden oler los cherry blossoms) para llegar al Monumento de Jefferson, pasando por el de Roosevelt.  Al final, le di un par de vueltas al National Mall hasta completar la hora que tenía que correr, pasando al frente del Capitolio, donde están haciendo remodelaciones y no se puede apreciar muy bien que digamos.

Dos metros (trenes) y una ducha después, ya estaba de vuelta en la calle, buscando Ben’s Chili Bowl: porque lo que es bueno para el Presidente, es bueno para mí.  Tomé suficientes energías para la caminada que me esperaba para llegar a Georgetown.  Ahí subí las gradas del Exorcista, caminé un poco por el canal y la calle M… pueda ser, o no, que haya hecho una o dos compritas… eso no lo sabremos…

Y como lo único que uno hace cuando va de viaje es comer, me fui para Georgetown Cupcakes.  ¡Por el amor a lo que es Santo y Bendito!  ¡Qué sabor el de ese Red Velvet y qué exquisito el de Caramelo salado!

Con las baterías cargadas, volví a pegarme la caminada sobre el puente del Río Potomac para llegar al metro y dirigirme al Mall.  Mi objetivo: buscar todas las obras de Andy Warhol.  Si no saben quién es, pues déjenme decirles que es uno de los artistas pop estadounidenses más conocidos en la historia de la vida y todavía utilizamos la famosa frase y concepto de los 15 minutos de fama.  Esto me hizo pasar por el Hirshhorn Museum, la Galería Nacional de Arte y la Galería Nacional de Retratos (al cual voy a regresar apenas tenga oportunidad) y pude ver obras hermosas de Pollock y Picasso.

Para este punto, el dolor de pies, tobillos y rodillas era tan terrible, que pude haber llorado si me lo hubiera propuesto.  Pero, aun así, jugué de machita para ver que ofrecía Old Navy, Target y CVS… porque un viaje a la yunai no es viaje si no se va a esas tiendas.

Día 3 y 4 – Visitando familia

Como ya les había contado, yo viví mi año de intercambio en esta ciudad.  Tenía que ir a visitar a mis familias anfitrionas.  Empecé con los Russings, que me recibieron cuando me echaron de mi primera familia (historia larga que algún día contaré).  Estuve con ellos un par de horas, poniéndonos al día: ellos contándome de sus nietos y yo hablándoles de mis planes.

Al medio día, fui a la casa donde terminé mi intercambio: los Merida-Britt.  Después de muchos besos, abrazos y almuerzo, Donna (cc: Mom) me llevó a ver a la abuela (cc: Grandma) que estaba en el hospital por una neumonía.  Fue hermoso ver a esta señora de 91 años acordarse de mí, alegrarse de tal manera que hasta las maquinas le empezaron a bipear.

Después de ver el final de Undercover Boss, la dejamos descansar y nos fuimos a H&M, una de mis tiendas favoritas.  Una blusa y un collar después, fuimos a tomar una siesta… porque el cuerpo resiste cierto grado de emoción, sin necesitar un descanso… necesario para salir a cenar.

El domingo me levanté temprano, me puse las tenis y fui a correr.  Lo bonito de ese vecindario es que es estar en un bosque.  No voy a negar que me dio un toque de miedo porque uno anda los barrios del sur en el corazón, sin dejar de lado que ahí apareció la Bruja de Blair… pero apechugué y completé los 10k que me había propuesto.

Todo el día lo pasé viendo televisión, acurrucada en el sillón del que fuera el “Meditation room” o cuarto de meditación (pero que siempre tuvo un TV, un DVD, miles de películas en un librero y hasta videojuegos)

Antes de despedirnos, fuimos a Panera (poque hay que ir cuando se va a la yunai) y a dejarle comida a Grandma.  Al salir, el carro no estaba.  Mi pensamiento criollo pensó: se robaron el carro y ahora, vamos a terminar en la policía, esto va a durar horas y yo no ando mi pasaporte y bueno…  El pensamiento de Mom fue: se lo llevó la grúa por estar mal estacionado.  Adivinen cuál tuvo la razón.

Día 5 – La parida La partida

Una vez más, a las 5 am ya estaba buscando vida.  Bañada, perfumada y arreglada, me fui a desayunar al Starbucks más cercano.  Después, al Target a comprar chocolates y necesidades: cherevecos con los que me acostumbré a vivir, pero que no venden en Costa Rica… porque yo soy así

Con suficiente tiempo, regresé a la casa donde me estaba quedando y que se habían ofrecido a llevarme a la parada del bus.  Pero conforme pasaba el tiempo, no se movían con suficiente velocidad como para llegar holgados de tiempo.  Desde ahí comenzó la tragedia griega.

No me pude despedir como Dios manda porque llegué apenas para tomar el bus.  Al llegar al aeropuerto, en vez de seguir mis instintos, seguí al idiota que dijo que la primera parada era la puerta a la aerolínea a la que iba.  Pues no: me tocó recorrer de esquina a esquina.  Chequié la maleta, pasé seguridad, compré chicles y agua, para llegar a la puerta de embarque y darme cuenta que, por tormentas eléctricas en Atlanta, el vuelo estaba atrasado.

¿Qué es lo mejor que uno puede hacer en ese momento?   Comprar carbohidratos y líquidos, porque uno no sabe cuánto tiempo va a tener que esperar.  Una hora después, ya estábamos abordando y por dicha estaba sentada al frente, porque llegué 20 minutos antes de que cerraran las puertas de mi segundo vuelo.  En esta ocasión, tenía que salir de la puerta B a la E… ¿mencioné que el aeropuerto es tan grande que tiene un tren interno?… Fui la última en entrar, gracias infinitas al Todopoderoso, porque si no, hubiera tenido que dormir en el aeropuerto y tomar un vuelo al día siguiente.

Cuando el avión salió de la manga, comenzó una tormenta de 30 minutos que no nos dejó despegar.  Por dicha, una vez más, soy una mujer súper precavida y andaba un sándwich que había comprado en Panera (tip que aprendí de mi queridísima hermana)  Cuatro horas después, estaba aterrizando en el Juan Santamaría y llevándome el pasmo de que mi maleta andaba en el limbo aeroportuario del mundo, por lo que tuve que regresar al día siguiente a recogerla: empapada de la tormenta en Atlanta.

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Hubo muchas cosas que no hice (Cementerio de Arlington), amigos que no pude ver (Alison, Raquel) y comida que no pude comer (Chipotle, Olive Garden)… pero no hay de qué preocuparse, que ya queda poco para regresar.

¿Qué otra cosa haría ustedes en la capital gringa?

Un buen hijo de p...

 

 

  • Título: Un buen hijo de p… Una fábula
  • Autor: Ismael Cala
  • Páginas: 304
  • Idioma: Español

Ismael Cala es uno de mis entrevistadores favoritos porque pasa de temas light a temas profundísimos con personalidades latinoamericanos.  En definitiva, sus entrevistas son supremas y a cómo tiene paciencia para escuchar, también se cabrea y da su lugar cuando tiene que hacerlo.

Así es que cuando doña Martha me regaló Un buen hijo de p… Una fábula para Navidad, dije: este tiene que ser una gran historia.  No hay que negar que el nombre es sugestivo y, tomando en cuenta de las obras literarias de otros periodistas, pensé que su manera de escribir podría ser aterrizado y terrenal.

La historia es la relación de un veinteañero, Cris, y su coach, Arturo, en la búsqueda de ser un mejor ser humano para reconquistar al amor de su vida, María, quien lo llamó un buen hijo de p… delante de sus compañeros de trabajo.  Obvio que el orgullo del pobre diablo estaba herido y su corazón roto en un millón de pedazos.

Sorprendentemente, de las 304 páginas, 54 son entre introducción, agradecimientos, explicando de dónde salió el libro, quién es la mamá, el perro, el gato, el vecino que lo ayudó y, al final, preguntas de como para un libro club y una respuestas a posibles preguntas al autor.

Entonces, la fábula se convierte en un intento coheliano de escribir una novela con tintes de autoayuda, específicamente, de cómo reconquistar a un ex.  Las personalidades de los personajes eran tan parecidos, que en ocaciones tenía que devolverme en los diálogos para ver quién era el que estaba diciendo qué.

Creo que es necesario aclarar que no me gustan los libros de autoayuda.  Por más irónico que parezca, soy fiel creyente que nadie tiene la suficiente sabiduría mundial como para decir qué hay que hacer para vivir feliz y satisfecho.

Así es que en resumen: sí, este fue otro libro que no me gustó.

P.S. I love you

  • Título: P.S. I love you
  • Autor: Cecilia Ahern
  • Páginas: 512
  • Idioma: Ingés

Una de mis películas favoritas de la vida es P.S I Love You.  Esa es la típica a la que recurro cuando quiero quedarme un domingo en mi casa, con un tarro de helados, refrescos y cochinadas como Doritos y así.  Por lo mismo pensé: este libro tiene que ser una cuestión en la que uno no para de llorar.

La historia comienza cuando a Holly Kennedy, una joven que no ha cumplido 30 años, queda viuda.  Está deprimida en su casa, sin trabajo y sin ganas de ver ni a su familia, cuando su madre le dice que tiene un paquete en la casa de ella.  Cuando lo va recoger, resulta que son notas mensuales con instrucciones, escritas por su marido.  Esto la ayuda a salir del hueco donde está, poco a poco.

Mis expectativas eran altas.  La película es muy buena para quienes les gusta este género.  Pero este ha sido uno de esos casos poco comunes en los que es mejor la película adaptada que el libro.  La idea original es estupenda, pero mete tantos personajes que no se sabe para qué tantos: la mae tiene tres hermanos, dos papás, dos amigas, dos amigos, la gente del trabajo, los amigos de los hermanos, los sobrinos, las parejas de los hermanos… que casi que necesita poner un árbol genealógico como para ubicarse.

Se me hizo eteeeeeeeerno terminarlo de leer y, cuando me di cuenta, más bien me estaba estresando porque no lo terminaba por más que lo leía. Pasan muchas cosas en ese proceso, pero como que no tienen relevancia o no le agregan mucho a la historia.

Bueno, lo pongo así: lo perdí.  No sé dónde lo dejé.  Freud diría que era menos displacentero dejarlo perdido, que seguir leyéndolo… y ni me dio ganas de volverlo a comprar… ni para tenerlo en Kindle.


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... ¿quién dijo miedo?...

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