Desabrochando a Martha

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En el post cerrando el 2015, hablé de la falta de propósitos de este año porque de lo que estoy segura es que va a ser conocido como el año del “No sé”: no sé qué va pasar, no sé para dónde agarrar… no sé, no sé, no sé… Lo único que tenía certero es que quería salir de la casa de doña Martha.

Con el empujón necesario, me puse hacer la lista de las cosas que necesitaba: desde cuánto podía pagar, hasta cuantos cuartos debía tener.  Eso sí, tenía dos condiciones importantes eran no negociables:

  1. Perlurris tiene que vivir conmigo
  2. Tiene que estar en San José, la capital del mundo, porque me rehúso a tener carro

La búsqueda comenzó en la primera semana de diciembre.  Con el aguinaldo en mano para poder pagar, comprar y contratar todo, que nada me atrasara.  Mil llamadas y 5 visitas después, estaba cayendo en cuenta que las condiciones no-negociables eran más de dos.

Un día de tantos, lo encontré.

Fue amor a primera vista: en los barrios del sur, pequeño como para dos personas, recién construido, una distribución ideal (dos cuartos, walking closet, sala-comedor-cocina integrados), grandes ventanas, muy ventilado, a 15 minutos caminando a la parada al trabajo… es que lo tenía todo.  Ni lo pensé para decir que sí.

El fin de semana siguiente ya estaba subiendo los chuches al apartamento del segundo piso, con mi amiguísima Melili.  En eso, me dice:

Amiga, ¿no se mete mucho la bulla de la autopista?”

“Naaahhh… en la noche hay menos carros y dicen los vecinos de abajo que no escucha nada.”

La primera noche me fui a celebrar: comí pasta en mi restaurante favorito, me tomé unas cervecitas.  Llegué emocionada a lavarme los dientes y acostarme a dormir.  Cuando pongo mi cabeza en la almohada, escucho el bus… luego un camión… luego las motos picando… la gente hablando en la calle… la música del bar que está a los 50 mts…

Inmediatamente dije: “Hijueputa, Melili tenía razón.”  Me puse a llorar toda la noche, hasta quedar dormida… tres horas después, me desperté por la mufla de un auto.

¿Ustedes han visto como hay gente que les da chicha cuando tienen hambre?  Bueno, a mi me pasa cuando no duermo.  Yo no tengo que explicarles lo importante que es dormir para mi.  Es que yo me pongo feliz cuando estoy en la cama, con luces apagadas, esperando a que Morfeo pase por mí a dar una vuelta.

Les puedo asegurar que lo intenté todo: poner tres juegos de cortinas, hacer una pared de cajas de huevos, tapones, té de tilo, poner sonido blanco de fondo.  El punto más bajo fue cuando me vi tomando Bendryl de lunes a viernes y aun así, me despertaba aturdida, con dolor de cabeza por apretar los dientes durante el sueño.

Sin olvidar la maravilla de vecinos: en los dos apartamentos del primer piso vivían dos familias con dos chiquitas cada una: corrían, brincaban, gritaban, jugaban TODO el día.  Eso no me molestaba tanto… excepto una, la menor de una madre soltera que no sabía hablar de otra manera que no fuera quejándose, como si le doliera algo, como si alguien le estuviera pegando un pellizco constantemente.

Pero eso no es nada.  Compartía pared con el apartamento de la par donde vivían… no una, no dos… CUATRO personas tan escandalosos que cuando ponían música, mis ventanas vibraban; cuando tenían visitas, yo me enteraba de todo; cuando una de ellas se resfrió, yo la oía toser T.O.D.A la noche.  De nada servía pedirles que bajaran el volumen porque me mandaron a comer mierda (literalmente) un par de veces, mientras recordaban a mi pobre madre con escarnios dignos de un marinero.

Lo peor fue Perlurris deprimida, comiendo acostada.  Yo la caminaba en la mañana y en la noche para que fuera pipi-pupu.  Doña Claudia, mi asistente en el hogar, venía por ella en la tarde para ir al parque media hora.  Pero aun así, Perlita pasaba el día acostada en el mismo rincón.

Dos meses de estar en las puertas del infierno, decidí que ya era suficiente.

Por cosas de la vida, me enteré que un pintor iba a vivir la vida bohemia del campo y estaba alquilando su casa: el precio ideal, la arquitectura digna de su profesión, estilo industrial y lejos de la calle, donde de por sí, casi ni pasan automóviles.

La primera noche dormí como los reyes y me desperté en la madrugada con el dulce canto de los pajaritos… y el gallo del vecino.  Un mes después, Perlurris defiende el hogar ladrándole al aire y camina por todo el frente hasta encontrar el punto ideal para pip-pupu.

Ha sido una lección tras otra, nada fácil.  Pero hoy puedo decir que soy muy feliz en mi hogar.

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2015 es un año que pasará a la historia como uno de los mejores años de mi vida.  No solo viajé lo suficiente como para reponer el tiempo perdido , sino que también tuve la fortuna de estrechar relaciones con amigas queridísimas, conocer gente maravillosa, cambiar de puesto en el trabajo, probé las chocotejas y, lo más emocionante de todo, me mudé a un nuevo hogar.

Entonces, esto sería lo más destacado del año pasado:

¡Perú por la pista! Hogar dulce Hogar. Marine Corps Marathon: check! Rrrrrorrro.  Mochileando por Potatoland con #DoñaMartha Viaje express a DC… Semana Santa en República  Dominicana. Despedida/Cumple de Meli. Explorando el Coco.  95 en Psicoanalítica.  Mis dos años en piscología… Juan Luis Guerra. El fin de lazo.

¿Qué les parece mi año?  Sí tenía razón para sentirme bien esperanzada, llena de optimismo, abrazando árboles, alzando niños y besando perros en la calle.

Ahora bien, para este año no sé nada…

El haberme ido de la casa de doña Martha representa tantos cambios y situaciones inesperadas, que no me puedo dar el lujo de tener metas o de hacer fantásticos planes maquiavélicos.  Suena dramático para alguien que le gusta mantener el control de cada aspecto de su vida, lo sé.  Lo cierto es que desde la primera noche que dormí en mi apartamento me di cuenta que ya todo había cambiado y que tengo que ajustarme a lo nuevo.  Los que han pasado por esto saben que no es nada fácil.

Obviamente, como siempre porque es algo innato en mi, deseo viajar, comer rico y disfrutar de los placeres de la vida al máximo.  Espero que sean testigos de las aventuras y desventuras de esta bloggera.

Aunque, sí hay una magnánimo evento que espero tantísimo que quiero que suceda ya mismo: el nacimiento de La Infanta Cami, mi sobrinita que está en proceso de horneado en el vientre de mi hermana.  Es que de solo pensarlo, me dan ganas de llorar de la emoción.

Quiero terminar diciéndoles que los quiero en paleta, mis hermosos lectores: amigos de la vida y desconocidos que ya son como amigos, los que me dejan mensajitos de cariño en los comentarios o en Facebook, los que se me acercan para decirme que leen mi blog (la muchacha del aeropuerto tiene un lugar muy especial en mi corazón) y hasta los que se juegan el chance tirándome los perros por mensajes privados.  De verdad, me hacen sentir muy especial y me llena de alegría saber que es recíproco.

Espero seguir leyendo sus comentarios, que me manden correitos a la.desabrochada@gmail.com y seguiremos en contacto esporádico durante este 2016.

Besos y abrazos,

La desabrochada.

 

Musica

  1. Hello, Adele.
  2. Bad blood, Taylor Swift.
  3. Thinking out loud, Ed Sheeran.

Comidas

  1. La leyenda del gran Bill, Ventanita de Meraki.
  2. TODA la comida de The Whisk
  3. Gummy bears de Haribo

Los mejores blogs:

  1. Post Secret
  2. Andrew Knapp y Momo
  3. LaErre.tv

Entretenimiento

  1. Netflix
  2.  Investigation Discovery
  3. Candy Crush Soda

 

Todos los años, WordPress comparte conmigo lo maravilloso que fue el año y estamos seguros que pudo haber sido mucho mejor, lo cual deja el campo para mejorar.

Para los que les gusta eso de las estadísticas, aquí se los dejo y también para agradecerles a todos por la maravillosa comunidad que hemos creado aquí, en Desabrochando a Martha!

Les deseo lo mejor de los exitos para el 2016!

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 7.900 veces en 2015. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 7 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Foto tomada del documental

Foto tomada del documental

El que estés leyendo este blog te hace pertenecer a un grupo reducido en la humanidad.  Es decir, de alguna manera, sabés leer.  Esa misma lógica aplica a que tenés internet, a que te gustan los temas de los que escribo, a que seamos amigos, si estás inscrito… bueno, así me puedo ir dándole toda la noche.

En pocas palabras, te has ganado una lotería y has nacido en un una realidad que te brinda facilidades inimaginables, pero como ya estamos acostumbrados, no las vemos.  Lo interesante es que no tuvimos voz ni voto.  En mi caso particular, el 6 de agosto del 82 doña Martha se puso a parir y cuando nos dimos cuenta, aquí estoy sentada en mi cuarto, viendo a ver qué hago.

Esta filosofada me llegó gracias a la conversación de un par de jóvenes.  En eso, uno le expresa al otro de la frustración que es que la gente se vaya cuando él dice dónde vive, como un abracadabra.

¿Alguna vez les ha pasado eso?

Los maes de la esquina se presentó a razón de la Semana Nacional de la Psicología.  El documental exhibe la vida de jóvenes de la Carpio, específicamente de la Cueva del Sapo.  Esta gente vive en una situación sociocultural de la que yo no podría sobrevivir ni cinco minutos.  Poco a poco, van enseñando ese deseo que los impulsa, que los hacen luchadores.  Es más, hubo un momento en el que casi suelto el violín, cuando uno de ellos está frente al colegio contando sus dificultades para seguir estudiando.

En el transcurso de la película, se expone el gran trabajo que se realiza en el proyecto La Esquina.  Ellos brindan un espacio para que los chicos puedan hablar, expresar sus pensamientos, soñar y llenarse de fuerzas para generar un cambio.  Aquí hay reglas que cumplir, mucho trabajo para entretenerse y, sobretodo, se les da mucho afecto, cariño, se les muestra que ellos valen como seres humanos.

Ahí se ven artistas, raperos, barberos, pintores, boxeadores, hombres y niños que buscan esa oportunidad, alguien que los apoye, que los aliente a seguir adelante.  En el cineforo estaba uno de los miembros, Eduardo “Chino” Iraheta, gerente de la serigrafía La Esquina.  Se podía palpar el orgullo con el que narraba su experiencia.  Sus ojos brillaban cuando contaba que a punta de prueba y ensayo, aprendió a usar las máquinas.  De esa misma manera, tuvo que espabilarse para exponer a vicepresidentes y ministros, cadenas de tiendas y bancos, a otros muchachos que están viviendo la misma situación.  De viaje se le nota que ya no le da vergüenza, pero la emoción es tanta… que hasta pone la piel de gallina.

Esto que he escrito es sólo un pequeño pedacito.  Hay mucho más y queda aún más por hacer, por ayudar a generar un cambio, no solo en ellos, también en el país.  Así es que aquí les dejo la bolita picando, por si quieren leer o aprender más: solo tienen que poner Los Maes de la Esquina en Google y van a encontrar un choooorro de información.


Por cierto, si tiene que hacer alguna camisetica chiva para alguna carrera o en su oficina están pensando en uniformar a la gente o así, me voy a tomar la libertad de dejarles la información del señor gerente:

Eduardo Iraheta Amaya

Tel: 2221 – 0402

Email: eduardo@laesqina.co.cr


Mi amiga Shirley tiene toda una filosofía de vida que va desde las caras de Putin cuando algo le sucede hasta frases célebres como “por culo dulce.”  Ella es una exquisitez por la libertad de temas, improperios, opiniones y cometarios llenos de folclor y criollismo.  acudo a ella cuando sé que tengo que sacarme del pecho algo políticamente incorrecto… lo cual suele suceder cuando vamos corriendo los fines de semana.

El domingo le conté que tengo que pasar por la pena de hacer algo que de verdad no quiero hacer, pero que tengo que hacer.  Como siempre, salió de sus labios la frase que solo se puede escuchar con fuegos pirotécnicos al fondo, una banda marchante que toca alguna obra maestra, mientras ángeles cargan un letrero con la misma:

“Uno siente que es tiempo que va a necesitar cuando se muera.

¡BOOOOM! My brain exploded.

Fue inevitable no pasar todos estos días filosofando sobre todo esas cosas inútiles, pero que había que hacer, en la que se perdió el tiempo… pero sin perderlo… ¿me explico?…

Voy a desmenuzarlo: aquí yo no estoy hablando de estupideces sencillas como lavar los platos porque eso hay que hacerlo para no llenarnos de hongos, básicamente.  Estoy hablando de mayores magnitudes, como haber hecho una hora de fila en el Servicio al Cliente de un banco para que, al final, te digan que hay que llamar al estúpido número 800.  O ir al cumpleaños de alguien que no te cae bien, pero tu mamá te obliga, con el pretexto de mantener la paz familiar.  O que se te vaya el puto bus que va a la oficina y te toca esperar una hora en la acera para que salga el siguiente.  O ir a una cita con alguien quien, a los dos segundos, te das cuenta que no hay química pero te quedás tres horas con el tipo porque no sabés como safarte.

Sí, todas me han pasado y en todos los casos siempre me pregunto: ¿qué carajos estoy lactando aquí?

Es peor aun cuando las expectativas son altas, los deseos muchos y todo comenzó bien… pero, poco a poco, todo fue en decadencia y simplemente no podés salir de donde estás.  Como cuando te llevan a la fiesta de un Fulano en Tuculillo de Montes Largo y está tan aburrido, tan lejos, tan tarde que pagar un taxi es un sueño y dependés del pendejo que te llevó hasta allá (que, por cierto, la está pasando bomba)

Entonces, yo lo veo complicado porque no es como que uno pueda decir: “la puta madre que los parió a todos, me largo porque ya estoy harta” No. Se. Puede.  No hay manera de anticiparlo.  Uno se da cuenta hasta que te cae como balde de agua fría el pensamiento “mae, estoy mamando”.

Por eso, creo que últimamente estoy tan impaciente.  A los dos segundos de ver que mi interlocutor está en otra vaina que no es la mía, salgo con un “bueno, chao mua”, “los vi” y mi favorito “me hartaron, me largo”.

Tampoco pido disculpas por irme porque cuando yo esté en mi lecho de muerte, viendo mi vida pasar, estoy segura que me voy a arrepentir de todo lo que no hice y el pedir perdón por irme cuando me estaban haciendo perder el tiempo, no va a ser una de ellas.

Nadie me cree cuando les mando un email

Nadie me cree cuando les mando un email

 

Hace unos días recibí el famoso correo spam que dice que uno se ganó miles de dólares de un millonario africano.  Lo único que hay que hacer es contestar el correo con información personal que va desde el número de teléfono hasta la edad.  Obviamente, lo borré… después de postear un hermoso status con foto en Facebook.

Pero me he quedado pensando, ¿qué haría yo si me ganara 64 mil dólares por mi bella cara y carismática personalidad?

Empecemos por los puntos más obvios: no me compraría ni carro ni casa.  El primero porque nunca me ha interesado y el segundo por lo mismo.  El otro día hablaba con mi amiga Melili y ella me hacía ver como siempre ando hablando de alquilar apartamentos (ojalá con ventanas grandes en San José o San Pedro, con servicios incluidos en el alquiler… y que acepten perritos…)

Lo segundo es que no le diría ni a media alma porque apenas la gente se da cuenta que tenes cinco pesos más, te los piden prestados.  O por lo menos eso vi en TED de cómo ser feliz con dinero.  Seamos realistas: solo cierta cantidad puede prestarse, no a cualquiera, no siempre.

Finalmente, seguiría trabajando porque, en algún momento, todo ese dinero se va acabar.  Lo más probable es que sea en chicles y chocolates.  Eso sí, cancelaría los piquillos que tenga en deudas o así.

Aclarado los puntos generales en lo que todo el mundo haría, hace mucho tiempo leí una cuestión que creo que hacen en alguna religión: hay que compartirlo un porcentaje y gastar el resto lo más pronto posible.

Así es que tomaría una  parte para donarlo a Territorio de Zaguates.  Eso sin pensarlo dos veces.  Ellos necesitan tanto apoyo para poder mantener el lugar, pagar recibos y darle una calidad de vida a esos perritos… además, que uno sabe que no lo van a malgastar en cuestiones administrativas como la mayoría de las ONG o que va llegar un papanatas a robarles todo.

Lo siguiente es lo más obvio en mí: sacaría vacaciones para ir a Asia, una semana en cada uno de los países que siempre he soñado: India, Tailandia, Laos y China… y Japón… y Filipinas… y Malasia… bueno, tal vez dos meses sin goce de salario.

O si no, buscaría un posgrado en psicoanálisis en Austria o Francia (por obvias razones).

Y compraría muchos zapatos.  Y blusas.  Y libros.  Y una cámara para grabar mis aventuras en el mundo. Y… y… y… la plata se me iría en chicles y confites.

Sí, creo que le he puesto mucha cabeza.  Porque es cierto lo que salió en un estudio hace algunos años: todos creemos que seríamos felices si ganáramos un 10% más, no importa cuánto gane ahora, si son cientos, miles o millones.

Ustedes, ¿qué sería lo primero que harían se alguien les diera 64 000 dólares?

Los que eramos niños a los finales de los ochentas, tenemos un recuerdo recurrente que se activa cada vez que desaparece una niña: Wendolyn Blackshaw.  Ella desapareció a los 8 años, en 1989.

Claro, esto fue algo impactante para los que éramos pequeños porque era cierto lo que nos decían nuestros padres, que si nos portábamos mal, algo terrible nos podía suceder.  Así mismo, nuestros padres tomaron la oportunidad en la mano y era común escuchar: “no se vaya a jugar solo en la calle, si no le pasa lo de Wendolyn” o “no me suelte la mano porque se la llevan como a Wendolyn”.

En mi casa, no era solo esta figura en particular que impedía las expediciones a la calle.  Transmitida por generaciones (llamensen, mis hermanos), estaba aquel tipo delgado, con una cabellera larga, negra, lustrosa y amarrada con una cola.  Jalaba un saco de gangoche, un machete y era conocido como El Viejo de la Colita.

La leyenda familiar cuenta que él agarraba a los chiquitos que se portaban mal, los metía en ese saco (que era mágico porque ahí los andaba a todos) y nunca los dejaba volver a sus casas. Definitivamente era cualquier marigüano que se dedicaba a chapear zacate y por eso andaba dichos instrumentos. Doña Martha dice que hasta fue conocido suyo del barrio, pero la vida lo fue llevando por un camino que no era considerado el correcto… y asustando a niños sin saberlo.

Pero ahí no termina las historias de terror.  Como a 5 cuadras de mi casa, sobre la autopista, vivía una bruja: vestida de un luto permanente, tenía los pelos tiesos de tanto decolorante, los labios rojos esbozaban una sonrisa de dientes despilfarrados por todas partes.  Nunca la escuché hablar.  Siempre llevaba una bolsa del Palí y una portamonedas.  La casa donde habitaba mantenía las puertas y ventanas cerradas 365 x 24 x 7 x n+1, es decir, siempre. La gente decía (léase mis hermanos) que si uno le hablaba, lo encerraba en la casa y hacía hechizos y brujerías.

A todo esto puedo decir dos cosas.  La primera es que hay que reconocer el nivel de imaginación que recorre las venas de esta familia.  La segunda es que, con todo y todo, doña Martha me dejaba salir a jugar a la calle, porque sabía que el miedo se había instaurado como recurso de autoconservación.

Jamás salía sola de mi casa con menos de 13 años… aunque caminaba casi un kilómetro para ir a la escuela desde los ocho años (trayecto que incluía curazar una autopista).  Para ir al centro de la capital, iba con alguno de mis hermanos.  Que si lo pienso bien,  éramos una niña de 12 años, con un par de enanos de 11 y 7 años… pero nunca nos pasó nada.

En el primer año del cole toqué la libertad con mis manos en forma de plata que no usaba para comer en la escuela (era típico escucharme decir: me regala un mordisquito)  Esa fortuna semanal me la gastaba en dar vueltas por todos los pueblos del GAM porque ya tenía permiso de viajar sola en bus.  Entonces, como soy una gran pata’e perro, llamaba a la oficina de doña Martha para avisar que estaba bien y me iba al Parque Central de Alajuela o en la Iglesia de Santo Domingo de Heredia o vagabundeando en el centro de San José.

Eso se podía porque no habían celulares, internet, gps ni mucho menos identificador de llamadas.  Lo más que había era el famoso bíper, que era demasiado caro como para que yo anduviera uno.  Lo que me refiero es que no había ese sentido de sobreprotección para saber por donde andaba uno a cada dos segundos del día. Uno de verdad que era libre.

Agradezco a la fortuna de la vida de haber nacido en una época no tan jodida.  Cuando veo estas noticias de adolescentes que no llegan a sus casas, status de Facebook de padres angustiados, el miedo de la sociedad por no dejar salir a los jóvenes, ese temor de que lo peor puede pasar.  Por un lado, me dan ganas de decirles: ay ya, dejenlos ser … pero por otro, creo que esta ha sido el momento de la historia más peligroso del país, a como lo fue aquella epoca en su momento.

Lo que digo pues, es que hay que enseñar a los chicos a que se las arreglen con lo que el mundo les esta brindando en este momento.  ¿De qué sirve mantener a un carajillo de 13 años encerrado porque le podría pasar algo, si cuando tenga 18 y vaya solo a la Universidad no va poder comportarse?  Se está privando a los güilas de vivir por miedo a que les pase algo, con una terrible sobreprotección… pero no les estamos enseñando a defenderse, se les está enseñando a encerrarse.

Es utópico pensar que vamos a vivir tiempos mejores y más seguros, es pérdia de tiempo dejar de vivir por la añoranza de tiempos mejores.

Eso ya pasó dos segundos atrás.

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