Desabrochando a Martha

Archive for the ‘Marthadas’ Category

1. No me gusta el queque
2. No me hicieron fiestas de cumpleaños cuando era pequeña
3. En mi época universitaria, mis fiestas era épicas
4. Hago la cuenta regresiva desde muy pequeña
5. Llamaba a mis papás a la oficina para recordarles que faltaban x número de días para mi cumple y después colgaba
6. De grande también
7. Después de la primera semana, mi familia se harta, lo cual no quita que lo siga haciendo
8. La lista de regalos comenzó con mi amiga Melili
9. La gente nunca adivina mi edad
10. Nací el mismo día que se conmemora la caída de la primera bomba atómica
11. El mejor regalo fue un viaje a México a mis 15 años.
12. Casi nunca saco vacaciones el día de mi cumple
13. Para una fiesta, puse instrucciones específicas de lo que debían hacer mis invitados antes de llegar: terminé con 15 paquetes de herraduritas de Giacomin
14. Mi mamá y mi hermana me mandaron flores al colegio para un cumple y mentí despiadadamente, diciendo que me las había mandado un mae que conocí en la playa unas semanas antes.
Nota aclaratoria: sí conocí al mae y hablábamos por teléfono, es más, fue el primer mae con el que baile salsa… solo que el no me mandó flores.
15. Me gustan los días lluviosos… nada tiene que ver con mi cumple… pero bueno, diay… fijate vos…

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Mi amiga Shirley tiene toda una filosofía de vida que va desde las caras de Putin cuando algo le sucede hasta frases célebres como “por culo dulce.”  Ella es una exquisitez por la libertad de temas, improperios, opiniones y cometarios llenos de folclor y criollismo.  acudo a ella cuando sé que tengo que sacarme del pecho algo políticamente incorrecto… lo cual suele suceder cuando vamos corriendo los fines de semana.

El domingo le conté que tengo que pasar por la pena de hacer algo que de verdad no quiero hacer, pero que tengo que hacer.  Como siempre, salió de sus labios la frase que solo se puede escuchar con fuegos pirotécnicos al fondo, una banda marchante que toca alguna obra maestra, mientras ángeles cargan un letrero con la misma:

“Uno siente que es tiempo que va a necesitar cuando se muera.

¡BOOOOM! My brain exploded.

Fue inevitable no pasar todos estos días filosofando sobre todo esas cosas inútiles, pero que había que hacer, en la que se perdió el tiempo… pero sin perderlo… ¿me explico?…

Voy a desmenuzarlo: aquí yo no estoy hablando de estupideces sencillas como lavar los platos porque eso hay que hacerlo para no llenarnos de hongos, básicamente.  Estoy hablando de mayores magnitudes, como haber hecho una hora de fila en el Servicio al Cliente de un banco para que, al final, te digan que hay que llamar al estúpido número 800.  O ir al cumpleaños de alguien que no te cae bien, pero tu mamá te obliga, con el pretexto de mantener la paz familiar.  O que se te vaya el puto bus que va a la oficina y te toca esperar una hora en la acera para que salga el siguiente.  O ir a una cita con alguien quien, a los dos segundos, te das cuenta que no hay química pero te quedás tres horas con el tipo porque no sabés como safarte.

Sí, todas me han pasado y en todos los casos siempre me pregunto: ¿qué carajos estoy lactando aquí?

Es peor aun cuando las expectativas son altas, los deseos muchos y todo comenzó bien… pero, poco a poco, todo fue en decadencia y simplemente no podés salir de donde estás.  Como cuando te llevan a la fiesta de un Fulano en Tuculillo de Montes Largo y está tan aburrido, tan lejos, tan tarde que pagar un taxi es un sueño y dependés del pendejo que te llevó hasta allá (que, por cierto, la está pasando bomba)

Entonces, yo lo veo complicado porque no es como que uno pueda decir: “la puta madre que los parió a todos, me largo porque ya estoy harta” No. Se. Puede.  No hay manera de anticiparlo.  Uno se da cuenta hasta que te cae como balde de agua fría el pensamiento “mae, estoy mamando”.

Por eso, creo que últimamente estoy tan impaciente.  A los dos segundos de ver que mi interlocutor está en otra vaina que no es la mía, salgo con un “bueno, chao mua”, “los vi” y mi favorito “me hartaron, me largo”.

Tampoco pido disculpas por irme porque cuando yo esté en mi lecho de muerte, viendo mi vida pasar, estoy segura que me voy a arrepentir de todo lo que no hice y el pedir perdón por irme cuando me estaban haciendo perder el tiempo, no va a ser una de ellas.

Nadie me cree cuando les mando un email

Nadie me cree cuando les mando un email

 

Hace unos días recibí el famoso correo spam que dice que uno se ganó miles de dólares de un millonario africano.  Lo único que hay que hacer es contestar el correo con información personal que va desde el número de teléfono hasta la edad.  Obviamente, lo borré… después de postear un hermoso status con foto en Facebook.

Pero me he quedado pensando, ¿qué haría yo si me ganara 64 mil dólares por mi bella cara y carismática personalidad?

Empecemos por los puntos más obvios: no me compraría ni carro ni casa.  El primero porque nunca me ha interesado y el segundo por lo mismo.  El otro día hablaba con mi amiga Melili y ella me hacía ver como siempre ando hablando de alquilar apartamentos (ojalá con ventanas grandes en San José o San Pedro, con servicios incluidos en el alquiler… y que acepten perritos…)

Lo segundo es que no le diría ni a media alma porque apenas la gente se da cuenta que tenes cinco pesos más, te los piden prestados.  O por lo menos eso vi en TED de cómo ser feliz con dinero.  Seamos realistas: solo cierta cantidad puede prestarse, no a cualquiera, no siempre.

Finalmente, seguiría trabajando porque, en algún momento, todo ese dinero se va acabar.  Lo más probable es que sea en chicles y chocolates.  Eso sí, cancelaría los piquillos que tenga en deudas o así.

Aclarado los puntos generales en lo que todo el mundo haría, hace mucho tiempo leí una cuestión que creo que hacen en alguna religión: hay que compartirlo un porcentaje y gastar el resto lo más pronto posible.

Así es que tomaría una  parte para donarlo a Territorio de Zaguates.  Eso sin pensarlo dos veces.  Ellos necesitan tanto apoyo para poder mantener el lugar, pagar recibos y darle una calidad de vida a esos perritos… además, que uno sabe que no lo van a malgastar en cuestiones administrativas como la mayoría de las ONG o que va llegar un papanatas a robarles todo.

Lo siguiente es lo más obvio en mí: sacaría vacaciones para ir a Asia, una semana en cada uno de los países que siempre he soñado: India, Tailandia, Laos y China… y Japón… y Filipinas… y Malasia… bueno, tal vez dos meses sin goce de salario.

O si no, buscaría un posgrado en psicoanálisis en Austria o Francia (por obvias razones).

Y compraría muchos zapatos.  Y blusas.  Y libros.  Y una cámara para grabar mis aventuras en el mundo. Y… y… y… la plata se me iría en chicles y confites.

Sí, creo que le he puesto mucha cabeza.  Porque es cierto lo que salió en un estudio hace algunos años: todos creemos que seríamos felices si ganáramos un 10% más, no importa cuánto gane ahora, si son cientos, miles o millones.

Ustedes, ¿qué sería lo primero que harían se alguien les diera 64 000 dólares?

Weekend

Reuniones desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde.  Discusiones todo el día.  Correos de gente enojada, que creen cómo hacer mi trabajo.  Leer 100 páginas de textos que no entiendo para la Universidad.  Atrasos en las entregas.  No tener tiempo ni para descansar.  La mente trabajando, día y noche, pensando en lo que queda pendiente.  Sin media hora para ir a correr.

Será por el propósito de este año de llevar la vida más despacio o será que de verdad estoy teniendo semanas del orto, que cuando llega el fin de semana solo quiero quitarme los zapatos, el bra, llenar mi refri de comida chatarra y desperdiciar oxigeno viendo televisión… es que los disfruto tanto

Sé el calibre de mi fin de semana, cuando decido irme temprano el viernes para disfrutar de la vida, pero me veo todavía conectada a las 7p.m.  Lo cual significa una sola cosa: hay demasiada pereza como para llegar a cocinar.  Para ir de compras al supermercado no, esos son otros cien pesos, eso de verdad lo disfruto… pero para llegar a pensar qué comer y de hecho cocinar… nah ah… el amor no da para tanto.  Así es que, muy probablemente, termine comprando comida: Subway, Spoon o BK (solo porque tengo unos cupones de 2×1 en Whopper).

Pero el cansancio es tanto, que devoro los alimentos y me quedo dormida, con la tele y la luz prendidas, los lentes puestos, la jeta sucia… y bueno, a media noche estoy forzando mi cuerpo a que se levante hacer lo que sea que tenga que hacer para descansar.

A la maña siguiente solo hay un plan: levantarme a vivir cuando ya no tenga sueño.  Muchos de ustedes pensarán que ya me convertí en la Bella Durmiente, porque siempre tengo sueño.  Pues no, lo cierto es que ya a las 10 de la mañana estoy radiante, viendo el mundo con ojos diferentes.

Lo que prosigue es un buen brunch: un vaso de agua para ayudar la digestión, huevos, pan, fruta, café con leche y pueda ser que ya me haya comido uno o dos chocolates durante la preparación.  Quiero que quede claro que cualquier tiempo de comida, de aquí en adelante, se realiza exclusivamente en mi cama, frente a la tv.

Bueno, cualquier momento de la vida sucede en la cama viendo Investigation Discovery o mi nuevo canal favorito, TNT Series.  El único momento en que circulo a lo largo de mi casa es para ir al baño o traer más comida.

Siendo terriblemente honesta, hay veces que el cargo de conciencia es grande (por eso de no hacer nada productivo), lo que me empuja a lavar ropa, platos o acomodar el típico sillón donde uno tira todo.  Advierto que eso sucede en lapsus: cuando termina un programa o están dando comerciales o el zapping no es lo suficiente como para mantenerme hipnotizada.

De pronto, llega el momento inevitable: después de que ha llovido, he tomado la siesta, jugado Candy Crush Soda hasta la saciedad, me pongo las tennis y voy a correr.  Al regresar a la casa, tomo una ducha eterna (si se fijan: no, no me baño hasta que sea justo y necesario), pongo música a todo volumen y preparo una deliciosa cena.

Es probable que el domingo se repita de la misma manera, pero con algunas diferencias.  Pueda ser que quede con alguna amiga para ir a desayunar a alguna parte.  O que en vez de ver Investigation Discovery, ponga una película.  En vez de correr después del aguacero, no salga del todo.  En vez de cocinar, solo recicle lo que quedó de la cena del día anterior.

Eso sí, a las 10 de la noche, en punto y como todos los días, suena la alarma para recordarme que ya es hora de dormir.  Aquí pueden suceder dos cosas.  La primera es que de vueltas y vueltas y vueltas porque no tengo sueño.  O bien, que justo en ese momento esté viendo algo súper interesante (como Harry Potter y la Cámara Secreta) y ni modo.

Ustedes, ¿cómo pasaron el fin de semana?

Un buen hijo de p...

 

 

  • Título: Un buen hijo de p… Una fábula
  • Autor: Ismael Cala
  • Páginas: 304
  • Idioma: Español

Ismael Cala es uno de mis entrevistadores favoritos porque pasa de temas light a temas profundísimos con personalidades latinoamericanos.  En definitiva, sus entrevistas son supremas y a cómo tiene paciencia para escuchar, también se cabrea y da su lugar cuando tiene que hacerlo.

Así es que cuando doña Martha me regaló Un buen hijo de p… Una fábula para Navidad, dije: este tiene que ser una gran historia.  No hay que negar que el nombre es sugestivo y, tomando en cuenta de las obras literarias de otros periodistas, pensé que su manera de escribir podría ser aterrizado y terrenal.

La historia es la relación de un veinteañero, Cris, y su coach, Arturo, en la búsqueda de ser un mejor ser humano para reconquistar al amor de su vida, María, quien lo llamó un buen hijo de p… delante de sus compañeros de trabajo.  Obvio que el orgullo del pobre diablo estaba herido y su corazón roto en un millón de pedazos.

Sorprendentemente, de las 304 páginas, 54 son entre introducción, agradecimientos, explicando de dónde salió el libro, quién es la mamá, el perro, el gato, el vecino que lo ayudó y, al final, preguntas de como para un libro club y una respuestas a posibles preguntas al autor.

Entonces, la fábula se convierte en un intento coheliano de escribir una novela con tintes de autoayuda, específicamente, de cómo reconquistar a un ex.  Las personalidades de los personajes eran tan parecidos, que en ocaciones tenía que devolverme en los diálogos para ver quién era el que estaba diciendo qué.

Creo que es necesario aclarar que no me gustan los libros de autoayuda.  Por más irónico que parezca, soy fiel creyente que nadie tiene la suficiente sabiduría mundial como para decir qué hay que hacer para vivir feliz y satisfecho.

Así es que en resumen: sí, este fue otro libro que no me gustó.

viajar

Ya ustedes tiene que saberlo a estas alturas de la vida: lo mío es viajar.  Siempre lo he dicho y lo mantengo: no tengo donde caer muerta, pero mi pasaporte está lleno de aventuras, recuerdos y experiencias que nada ni nadie me va a quitar.

Pero creo que con la edad y el tiempo, me he vuelto menos aventurera e invierto más tiempo en investigar la ciudad que voy a visitar, las cosas que ofrecen, los tours y museos que podrían interesarme.

En algún momento, me iba al dele: compraba el tiquete y a la buena de Dios.  Me ha tocado dormir en aeropuertos con un ojo abierto y otro cerrado.  He caminado ciudades, sin saber qué es lo que estoy viendo.  He almorzado en un Burger King porque no encontrábamos la Fontana di Trevi.

Empacaba poca ropa o los zapatos inadecuados o un abrigo demasiado caliente.  Sin dejar de lado,  que he sufrido buscando farmacias para algún remedio para la colitis, resfriado, diarrea, asma, alergias, infecciones y etc.

Entonces, llegué a la conclusión que yo necesito estar preparada.  Mis amigas se asustan cuando ven mi botiquín (que las ha salvado en más de una ocasión) o se sorprenden cuando ven que ando un Uno por si nos aburrimos, dos mudadas en la maleta de mano por si se pierde el equipaje, un libro extra por si termino el que estoy leyendo y comida por si da hambre y no hay por dónde (galletas, garbanzos y atún, casi siempre)  Es más… pueda ser posible que tenga una maleta de mano lista con los esenciales, solo por si acaso… o no… yo veré…

Esto no solo aplica a mi equipaje.  Cuando llego a una ciudad yo necesito saber a dónde voy a dormir.  Mi tiempo es muy corto y muy preciado como para gastarlo en jalar maletas de un hostel a otro, averiguando cuál es lo suficientemente cómodo como para dormir, dentro de mi presupuesto y seguro (mínimo, que no me maten en la noche)

Aparte, que eso de ver pinturas o esculturas o iglesias o cualquier carajada sin saber de qué son, me frustran.  A mí me encanta aprender, saber de la historia, que alguien me cuente el cuento de lo que allí sucedió.  O por lo menos, leerlo en la guía turística.  Por eso amo los tours gratuitos porque son gratis (duh) y, por lo general, lo guían estudiantes de historia, turismo o profesionales que buscan una extrita.

El planear un viaje no solo significa navegar horas de horas por internet y buscar una cantidad enorme de guías turísticas.  Yo prefiero reunirme con amigos que han ido y escribirles a los que viven ahí, para que me den sus puntos de vista, averiguar qué hicieron y qué se arrepienten de no haber hecho.  Dónde comieron, qué tomaron y cuánto gastaron… además de que crea un vínculo con ellos.

Para ustedes, ¿qué es más divertido: el destino o la preparación?

San Jose

Hoy que es el día de Chepe San José, quiero tomar un momento para decir algo que ya muchos han leído entre líneas y que la mayoría que me conoce, lo requete sabe: yo AMO vivir en la capital.  Yo sé que muchos no lo creen o no lo comprenden porque ven un hueco sucio, lleno de indigentes, drogadictos, ladrones, carros, humo, cables, luces…

Yo veo un rinconcito de cielo.

Aclaro de una vez que no estoy hablando ni de Escazú, Santa Ana ni Curridabat.  Estoy hablando del centro de la capital, donde están las oficinas de gobierno, todos los bancos, donde a un kilómetro a la redonda está no solo el supermercado más caro del país, sino que también el mercado más barato: en un día se hacen todos los pagos, todas las compras y todo el papeleo que se necesite… vea, es que hasta la prueba práctica de manejo.

Obviamente hay muchas cosas que detesto, como los malditos adoquines de Johnny Araya que me han dejado sin tapillas, pero sin duda, caminar por los bulevares es supremamente interesante a cualquier hora del día.  No solo toparse con presentaciones gratuitas al aire libre de orquestas u obras de teatro, sino que también los personajes como La Rosa o los vendedores de chance y lotería o quienes van gritando: “pejibaye calieeente… caliente el pejibaye”

Además, ¿quién no se ha tomado una foto con La Mujer Gorda, El barrendero, en el Monumento a los Presentes, Lenon o los Perros Callejeros?  El arte no solo se manifiesta en esculturas, fuentes y relojes, si no que los grafittis de verdad, como los murales hechos por verdaderos artistas en la Asamblea Legislativa.

Habrá quienes piensen que la pared se vería mucha más bonita pintada de un solo color en aceite contra hongos por aquello de los aguaceros… porque eso sí, el clima es tan maravillosamente cambiante que hoy, por ejemplo, amaneció con un hijueputa frío como para no salir de las cobijas, dos horas después me iba asando camino al bus por el solano que nadie soporta y en la tarde pensé que me iba a empapar por los nubarrones.  Esto es ventajoso porque uno no tiene que andar gastando dinerales en ropa para diferentes temporadas: uno usa lo mismo con o sin sweater, con o sin botas.

Hablando de frío, ¿quién no se ha ido a tomar un yodo con queque seco en la Merayo o en el Mercado Central?  Es más, haga frío o calor, siempre es bueno pasar un momentito a la Soda Tala por un café con un Tala Pinto que es solo bueno, o bien, a caminar a ver qué se encuentra uno.  A que no sabían que hay un puesto donde solo venden confites tradicionales: melcochas, cajetas, tapitas de dulce.

También apuesto que no sabían que el primer McDonald’s en abrirse fuera de Estados Unidos es el que está frente al Banco Central o que los Robles de Sabana están en su mejor momento porque embellecen la capital con sus flores rosas.  Ahí por la Iglesia de La Soledad hay uno que parece un ramillete: bello, bello, bello.

Por cierto, entre La Soledad, La Catedral, La Merced y La Dolorosa no sabría decir cuál me gusta más, porque son tan hermosas en su arquitectura, que no solo sirven para recargar energías espirituales, sino que para encontrar un poquito de silencio entre el escandaloso andar de los carros, los taxis pitando y la gente que grita… mientras se da un gustito de ojo.

Los sábados hay feria del agricultor en Plaza Viquez y es un espectáculo que no se puede perder porque convergen todas las clases sociales de este país: quienes llegan a pedir que les regalen algo porque no les alcanza ni para una chayote, quienes anda en Range Rover y los que vamos a pata porque nos queda ahí no más.  Lo mejor es que todos terminamos en las soditas improvisadas, donde todos nos sentamos a desayunar, ya sea pupusa salvadoreña, tortillas aliñadas de cervantes o el tradicional pinto con huevo.

Es que ahí no es solo la gente que llega, es que está justo por la línea del tren.  Aunque no anda en horario regular los fines de semana, de vez en cuando pasan de este a oeste de la ciudad y no falta la doñita que se le queda pegado el carrito de las verduras en los rieles, justo cuando va pasando el bicho.  Y bueno, qué más le queda al conductor que esperar pacientemente.

Que esa es otra: con el tren la terminamos de hacer con el transporte público que abunda y sobra.  Entre buses, taxis y porteadores, de verdad que uno no necesita automóvil.  Eso, y que odio a los conductores.  A todos.  Sí, a usted también.  La razón es muy sencilla: todos piensan que son los dueños de todo el espacio que lo rodea y los peatones somos parte de la decoración, que se pueden llevar entre sus llantas.

Fuera de eso, siempre lo he dicho: al vivir aquí, todo está a un bus de distancia.  No niego que es una reverenda damiersh la presa, que últimamente es a todas horas.  Pero es un tiempo que se puede aprovechar para leer o ver y escuchar a la gente.  Las mejores historias ajenas las he sacado de los buses, hasta conversaciones existenciales con las doñitas que se me sientan a la par.

O bien, se puede aprovechar para realizar ese deporte que la gente dejó de hacer con las nuevas tecnologías: ver por la ventana y admirar todos los movimientos arquitectónicos que se mezclan como si hubieran sido vomitados a lo largo del tiempo: mientras se admira el Teatro Nacional, a la puritica par está la Plaza de la Cultura con los Museos del Banco Central escondidos en sus entrañas… y unas cuantas cuadras al este, emerge el esplendoroso Museo de Jade.

En arquitectura, mis favoritas son las casas de los Barrios del Sur.  No voy a engañar a nadie con que es de lo mejor que puede haber, porque todos sabemos que uno entra pero no sabe si sale vivo, en bolsa, chingo, violado o todas las anteriores.  Pero hace 50 años eran casas bien y lo que me gusta imaginarme es quién vive ahí ahora, cómo será la distribución, qué secretos guardan.  Por supuesto está que no son tan hermosas como las de Barrio Amón, aunque sí tienen lo suyo.

Bueno, se me quedaron un montón de cosas por fuera, ¿qué creen que me hizo falta mencionar?


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He pasado por muchas marthadas y momentos de angustia sudor y lágrimas, como para que alguien más lo tome prestado y sin permiso.
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