Desabrochando a Martha

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TODAVIA!!! #doñaYelba #89 #cumpleaños #tresleches #yum #nomnomnom #feliz #fiesta

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Martes a las 8:30 ya tengo la práctica de los últimos 15 días de contestar el celular apenas sonara.  En media reunión telefónica con gente de todo el mundo, apenas me salió un excuse me, excuse me…  ¿Cómo se dice en inglés que a Yelba le quedan horas por vivir? … I gotta go, my grandma is in the hospital, my mom just called, hours left… bye…

¿Cuál es su nombre? ¿Yelba de Solano?  No, ¿Yelba Chaves?… Yelba Moreira… mi abuela está falleciendo en el cuarto piso… la desesperación en mi cara debió de ser muy explícita porque el de seguridad ni revisó los permisos, solo me dejó pasar.

Poco a poco, miembros de mi familia fueron llegando para tener unos minutitos a solas para desearle buen viaje, saludos al abuelo, perdonar, tranquilizar, decir adiós.  De verdad, ¿alguien se ha puesto a pensar qué es lo que se le dice a esa persona que está a punto de morir?

Las horas se hacen eternas en la espera más angustiosa de la vida.  Además de ser paradójica porque no querés que muera.  Pero por lo mismo, querés que ya descanse, que no vuelva a sufrir, que no le duela nada.  ¿Será por eso que se llama agonía?  ¿Se referirá más a lo que uno siente que a lo que ellos pasan?

El doctor nos explica que no hay una forma de saber cuánto tiempo durará: a como pueden ser unos minutos, han habido casos que duran hasta dos semanas.  Así es que decidimos irnos a descansar a nuestras casas, excepto doña Martha.  La muerte de mi abuelito Bertilio, solo en una silla de la sala de Emergencias, esperando a ser atendido, ha dejado huella y por eso se rehúsa a dejarla.

Yo no puedo dormir.  Gracias Dios por Netflix.

A las 12:30 mi corazón late a mil por hora cuando siento el teléfono vibrar.

“Ya mi mamá está descansando”

“Ya voy para allá.”

En la sala del hospital, una prima está llorando, doña Martha hablando con su hermana y yo estoy sosteniéndole la boca a Yelbis para que no se le abra, con los ojos cerrados porque tengo la peor relación con la muerte: no me gusta verla.  Pero por más que los apreto, no paran de salir lagrimas… ¿qué es este dolor tan terrible en el corazón?

Todo fue tan rápido y, al mismo tiempo, tan largo.

Si me preguntan, yo estoy tranquila, aunque me siento en un limbo porque no estoy ni bien, ni mal.  Solamente estoy.  Lloro cuando me acuerdo de momentos específicos, como hace unos meses cuando murió Pita, la mamá del proge: por alguna extraña razón, yo sentía a Pita como la abuelita chineadora quien me llevaba a comprar leche de caja porque yo no tomaba de vaca.  Yelba era más como la abuela que cuidaba todos los días, por eso y mil razones más, era más fuerte, regañona, que demostraba su cariño a su manera.

Después del funeral, me fui a la casa de Yelbis.

“¿Qué te pasó?  ¿Por qué andás triste?”

“Murió Pita”

“¿Quién era ella?”

“La mamá del proge”

“Entonces, ¿qué era tuyo?”

“Mi abuelita”

Silencio

“No te preocupés, que todavía te quedo yo… vení, sentante a la par mía.”

O cuando me acuerdo que hace un mes, ya se le iba el patín y juraba, por un Dios en los cielos, que estaba cumpliendo años.  ¿Qué hace uno en esos momentos?  Llevar flores, comprar queque y celebrar.

Cuando estaban metiendo su cajita en el nicho, a doña Martha se le ocurrió una idea maravillosa: si doña Yelba fue siempre tan graciosa, con un sentido del humor tan espectacular… qué mejor manera de despedirla que contando aquellos momentos graciosos, como cuando me invitó a tomar café para confirmar mi sexualidad.  Todas nos acordamos que para los cumpleaños nos regalaba cosas que ella ya no usaba, pero que debían de tener algún valor para ella, como el famoso fustán para vestido de novia.  De la vez que salió de una tienda de Bush Gardens con un mono de peluche, que hasta la tarde se dieron cuenta que no lo había pagado nadie y aun así, se lo quería vender a otra prima.

En la homilía, el padre decía que teníamos que pedir mucho a Dios, que debíamos tener “…la esperanza que está en el cielo…”

La Esperanza, Yelba Esperanza, está en el cielo.

Terry

 

Llegó a mí hace 18 años y la devolví al cielo hace tres semanas.

Todo comenzó cuando tuvimos que poner a dormir a mi primera perrita, Pity.  Por un momento el proje pensó que me estaba volviendo loca porque no lloré desgarradamente por mi pérdida, así es que comenzó la búsqueda incesante de una sustituta.

Terry era la última que quedaba en el veterinario.  Todos habían sido regalados, excepto ella.  El primogénito de mis padres no pudo más que decir que era obvio, por lo orejona y fea que era… pero ante mis ojos era la perrita más hermosa que jamás había visto.

Desde entonces, ha sido una vida llena de amor al llegar a la casa, con colitas que se movían de alegría y saltitos de emoción. Gruñidos cuando algo no le gustaba y gruñidos de risas cuando jugábamos carreritas.  Siempre estaba acompañada, incluso cuando salía al patio a fumarme un cigarrillo, ella se sentaba detrás de mí… viendo la vida pasar…

Con la edad, vinieron las convulsiones típicas de su raza predominante.  Con el tiempo, aumentaron las carreras al veterinario.  Con los días, aumentaron los signos de su senilidad: caminaba sin parar, hacia pipi-pupu en cualquier parte de la casa, se enojaba con facilidad, le ladraba a la nada.

Un día, sus ojos daban vueltas por todas sus orbitas, daba vueltas, su lengua afuera, no podía moverse fluidamente: su hígado estaba fallando y se estaba intoxicando.  Desde ese momento, todo fue cuesta abajo.  Al poco tiempo nos dimos cuenta que tenía el corazón más grande y que le apretaba sus pulmoncitos, por lo que no podía respirar.  La senilidad era más evidente.  Le costaba dormir, le costaba comer.

Así es que  tuve que tomar la decisión más difícil y fuerte de mi vida porque ya no podía verla sufrir más. Ya eso no era calidad de vida… y después de tantos momentos maravillosos que ella me había regalado, lo mínimo que podía hacer era darle una muerte digna.

Llamé a mi hermano, quien me acompañó.  Caminando hacia la veterinaria, no podía dejar de llorar, ella sabía que algo pasaba.  La veterinaria la revisó, me preguntó sobre los medicamentos y confirmó lo que ya sabía.  Le puso un medicamento para relajarla y nos dio un momento a solas.

Ahí le expliqué lo que pasaba, le dije cuánto la amo, cuánta falta me hace, que ya era el momento que descansara y que yo iba a estar ahí, tomándole la patita hasta el último momento, porque ella estuvo conmigo siempre.  Este no era el momento para apendejarme.

Así lo hice, hasta el final.

La amo con todo mi ser porque no fue solo una perrita, fue mi bebé, mi compañía y hasta confidente.  Todavía duele tanto, que me es imposible no llorar en escribiendo esto.

Gracias a todos los que compartieron con ella, a los que la hicieron feliz, a los que preguntaban cómo estaba, los que le mandaron cariñitos.

La vida continua, con una angelita que nos mira desde lo alto.

Isabella

Isabella Grace es un rayito de luz que llegó a iluminar la vida de mi familia.  Es la bebé más hermosa que ha vivido en esta Tierra, con una sonrisa que dura horas, unos ojos deseosos de descubrir, unas manos y unos piecitos que dan ganas de comérselos a punta de besos… es que es tan preciosa, que si yo pudiera, la abrazaría por las eternidades enteras y nunca jamás la soltaría.

Sí, damas y caballeros, soy una tía tremendamente enamorada de mi sobrina.

Hace más de un año cuando mi hermana llamó para contarme que estaba embarazada, lloré, grité, brinqué y entré en un estado de shock tremendo.  Creo que todos estábamos ligeramente asustados de la expectativa porque, verán, este es el lado de la familia que se ha rehusado a procrear… practicar, eso es otra cosa… pero ya concretar el trato… pues ha costado casi diez años.

Todos mis primos ya tienen uno o dos o más hijos, excepto nosotros.  Al punto que, alguna vez, doña Yelba, en alguno de sus tantos momentos de convalecencia, dijo: “A mí solo me falta ver un bisnieto del lado de ustedes… ¿cuándo te vas a casar para que tengas hijos?”   Igual que siempre, mi respuesta fue la misma: “Yo no voy a cargar con la culpa de tu muerte, por eso ni me caso, ni tengo hijos.

Mi hermana vive en un pequeño pueblo del norte del continente al que me gusta llamar Potatoland porque de verdad es un pueblo, pueblo, pueblo.  Eso hace que ver el desarrollo y crecimiento de la pancita de mi hermana fuera algo difícil, pues solo se podía por fotografías.  Con mucho esfuerzo y sudor, logré ganarme un tiquete que aproveché para ir a visitarlas.

¿Qué es lo primero que una hace cuando ve una panza de embarazada?  Ponerle las manos en la barriga para sentir si pateaba o se movía.  ¿Qué fue lo primero que mi hermana hizo apenas me le lancé encima en el aeropuerto?  Hacerse para atrás porque nadie le había tocado la pancita… así de diferentes son las culturas en otros países.

Apenas supe la fecha esperada del nacimiento de este bodoquito de amor, hice planes, compré el tiquete, me puse la vacuna de la influencia, compré cuanto chereveco podría necesitar (o que doña Martha dijera que podría necesitar) y me fui el primer mes de vida de esa espectacular niña, para ayudarle a mi hermana en lo que necesitara: cuidarla de noche, darle chupón, cambiarle pañales, limpiarle el ombliguito, cuidarla en el asiento de atrás cuando íbamos a pediatra o a donde saliéramos… iba a estar a su disposición cuando me necesitara…

El día que nació estaba en la oficina.  Cuando mi mamá me llamó para contarme, lloré porque eso es lo una hace cuando es así de culiola.  Lo siguiente fue preguntar como tenía la voz, porque una es así de rara.  Cuando las fotografías comenzaron a llegar, lloré.  Cuando le conté a todos mis amigos, lloré.  En la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga, cuando alguien me preguntaba porqué estaba tan sensible y enseñé las fotos de Isabella, lloré.  Puedo decir que duré una semana llorando de la emoción.

Finalmente, una semana después de su nacimiento, doce horas de viaje y una hora que nos perdimos cuando del aeropuerto a la casa,  la tuve en mis brazos, la miré por primera vez en vivo y a todo color… era obvio: lloré.

Creo que lo más difícil de esta maravillosa experiencia es la distancia porque nuestra relación se basa en muchas en fotos y algunos videos que nos mandan por Whatsapp.  Sin dejar de lado que, en ocasiones, cuando llamo a doña Martha oigo los gritillos de emoción de Isabella porque está viendo Princess Sophia o está jugando o pidiendo atención.  Tengo que admitir que, cuando la vida no me deja dormir, me pongo a ver los videos y eso me llena de paz.

He intentado buscar palabras para poder explicar el amor tan incondicional que uno siente por una sobrina, pero es que de verdad no he encontrado.  Solo voy a decir que, por ella, consideré irme a vivir a dicho país, aún y a pesar de que no me gusta para nada… pero solo el hecho de tenerla cerca, verla crecer, cuidarla, estar ahí, me haría olvidar cualquier pendejada que pueda sentir.

Lo único que digo es que si así se siente tener una sobrina, no puedo imaginarme lo que se siente tener uno propio.  Ahora sí, cuéntenme,¿cómo fue cuándo nacieron esos repollitos de dulzura en sus familias?

Regalos

Regalos

El sábado me fui de maratónica con doña Martha para comprar regalos de Navidad… ¡qué cosa más terrible!  Esta mujer de Dios no es de baterías: es de luz solar porque pasamos casi 8 horas, entrando en casi todas las tiendas de todos los centros comerciales y no paró ni para tomar café.

Yo solo hice rabietas tres veces por hambre, grité dos veces y en cinco ocasiones supliqué que nos fueramos para la casa… porque en ese sentido, soy más práctica: yo sé qué voy a comprar, a dónde y cuánto me va a costar.

Eso sí, llegar a este nivel de Nirvana Regalístico no ha sido fácil.  Preguntar a las personas que quieren, es desesperante cuando te salen con una de dos:

  1. Yo no necesito nada, lo tengo todo.
  2. Cualquier cosita me va a ser feliz.

O peor aún, cuando salen con que esta época no es para regalar, porque ese es un plan de mercadeo para que derrochemos dinero y que debemos pensar en los más necesitados… blah, blah, blah… o como dijo Annita en su blog: “Me hace pensar que Ud. posee una leve tendencia al comunismo…”

Por eso, he desarrollado tres técnicas infalibles e invencibles, para no terminar regalando un despertador o un lubricante (como sé que ha pasado):

Los no-no

Hay cosas que nunca es buena idea regalar, ni aquí ni en la China, como los electrodomésticos para la mamá… a menos que la mae le encante cocinar y siempre haya querido una KitchenAid.  Si alguno de mis futuros hijos por nacer me regala una refrigeradora, es muy probable que le ponga un candado y la llene de comida que yo solo voy a devorar … ¡porque es mia!

Otro regalo que nunca se debería dar es aquel que genere más responsabilidades de las que la persona desea.  Esto va desde mascotas, hasta suscripciones por 3 meses en Netflix.  ¿Quién le garantiza que su prima va a tener el dinero para seguir pagando por su suscripción en Audible de Amazon?

Finalmente, los regalos para “mejorar a la otra persona”… como un libro de cocina para que deje de quemar las ollas o un Orbitrek para ver si rebaja los kilos demás, acumulados de las últimas 5 navidades.  La verdad es que va a ser un desperdicio de dinero porque NUNCA lo va a utilizar.

La lista

Melili, mi mejor amiga, y yo tenemos más de 7 años de ser las mejores amigas en esta Tierra y la confianza nos ha llevado a lo que llamamos La Lista.

Unos días antes de cualquier fecha que conlleve a un regalo, solo nos mandamos un mensaje pidiendo de 5 a 10 cosas que nuestro corazón capitalista desea y no puede vivir un día más sin él.  Con una idea del presupuesto de ambas, mandamos mensajes de lo que podría ser: desde el último libro de Ken Follet, hasta una gorra para correr, una blusita o mil chucherías.

Hemos llegado a ser tan específicas hasta de mandarnos foto, talla, precio y tienda.

Lo mejor de todo es que sigue siendo una hermosa sorpresa porque La Lista no significa que eso es lo que nos vamos a regalar, pero si nos da una idea general de lo que podría ser… no sé, pueda que Melili reciba una almohada de viaje en forma de chancho… o el disco de Kathy Perry… solo yo lo sé… (ñaca, ñaca)

Los regalos que todos amamos

La empresa para la que trabajo siempre da un regalito para el día de la madre.  Casi cuatro años después, todas las mamás de la empresa hablan de la vez que les dieron un certificado para un masaje en un spa y todos los años esperan que sea lo mismo.

Eso es lo que yo llamo un regalo que todos amamos.

Otro ejemplo de estos son las canastas llenas de cosas bellas y ricas.  Melili me dio la idea el año pasado, cuando compró varias canastas y las llenó de delicatessens.  Las canastas o bolsas, pueden ir llenas de comida (botellas de vino, jaleas, quesos, galletas, queque navideño) o de chucerías (lapiceros, maquillaje, tarjetas de regalo, medias, juguetes, ropa interior) o cosillas de primera necesidad, pero que su precio es ligeramente elevado como para comprarlo todos los días (jabón Dove, crema Ponds para la cara, jabón de ducha Lactovit)

Tarjetas de regalo

Esto una de las mejores cosas que los gringos han podido inventar, después de Facebook y el lapicero para escribir en el espacio.

La cuestión es nada más saber cuál es la tienda o el restaurante favorito, dirigirse a él y decir que se va a comprar la tarjeta por X cantidad de dinero.

Algunos dicen que es feo porque es como regalar plata.

Yo lo llamo práctico.

Escuchar y observar

Gracias a este método he sido calificada como la mejor regaladora entre familia, amigos y novios.   Es muy sencillo: solo necesita que agudice sus sentidos la próxima vez que vaya de compras con esa persona.

Simplemente se trata de escuchar las mil y una cosas que la persona dice que son sus favoritas o que siempre anda pidiendo prestado, pero que todavía no va a comprar aunque las necesite.

Como a doña Martha, quien ha pasado toda esta semana diciendo que no tiene secadora de pelo y que qué útil que es en el invierno… ¿pues adivinen qué es uno de sus regalos? (no os preocupéis, que ella nunca lee mi blog)

O mi hermano el Macho, quien tiene una obsesión severa con Superma y Spiderman.  Su programa favorito es Smallville y para una Navidad, le regalé una camiseta roja y otra azul porque así se vestía Clark.

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Quiero tomar un momento para desearles  la mejor de las Navidades, que lo pasen junto a las personas que más aman y disfrutando del tiempo libre que genera la época.  Recuerden que más allá de ser el recuerdo cristiano del nacimiento de Jesucristo, es la época mundana para estar con la familia, pedir perdón, recargar energías y comer como degenerados.

Si van a alcoholizarse, no conduzcan maquinaria pesada como automóviles… y que el camino del alcohol no los lleve por el guaro vaquero.

Si los tuviera, me imagino que serían algo así

Doña Martha tiene güevos y definitivamente, no fue fácil crecer con ella como capitana de este barco de 4 tripulantes.  El mayor secreto era tener fe en Dios que proveerá.

Ni dijo adiós cuando se separó de mi progenitor un año después que yo naciera.  Tampoco dijo hola, al año siguiente, cuando nos mudamos, sin avisar, al apartamento de la par de la casa de doña Yelba.  La gran matriarca, tan mandona como siempre, la mandó a pedir cacao y doña Martha solo dijo que no.  Mi abuelito salió con esa respuesta, que tanto escucho yo:

“Dejá a la chiquita en paz, que haga lo que quiera.”

En esta época había que tener fe que hubiera dinero para que no faltara nada, porque eso de las pensiones no era tan fácil como ahora.  Ni mucho menos el criar a 4 carajillos de todas las edades.  Igual, quien sabe cómo estuvo esa cosa entre ellos porque siempre dijo que comeríamos mierda, pero que ella no le iba a pedir ningún centavo al progenitor.

A partir de ahí comenzó la lucha de la selva: sobrevivir con lo que había, adaptarse a que ella trabajara toda la semana, la visita de los sábados del progenitor y los constantes regaños de doña Yelba.

Sólo Dios sabe cómo hizo, pero a los cuatro nos metió en el colegio de monjas que está aquí no más y hacía lo posible para que no notáramos las diferencias.  En ocasiones, compraba una hamburguesa sencilla de la McDonalds y lo partía en 4: un pedacito para cada uno.  Estrenábamos ropa en diciembre, con suerte uniformes y a mí siempre me iba mal porque heredaba la ropa de mi hermana y primas mayores.  Eso sí, nunca faltó arroz, frijoles, tomate y masa con la que mi nana hacía tortillas.

La primera vez que compró carro, no teníamos dinero para nada más que lo necesario.  Entonces, los domingos en la tarde nos montaba en el Honda Civic de dos puertas y nos íbamos a dar vueltas a San Pedro.  Cuando bajábamos por donde está ahora AFS, aceleraba para que sintiéramos el vacío en el estómago y también cuando iba de regreso, en dirección a la Corte, ahí por la Iglesia del Votivo.  Esa vuelta la hacía por lo menos unas 5 veces y nosotros sentíamos como si estuviéramos en el Parque de Diversiones.

En 1994, nos sentó a todos y nos dijo muy claro:

“Ustedes ya saben cocinar, lavar, planchar y si alguno no sabe algo, le pregunta al otro.  Ya están grandecitos, ya se saben cuidar solos.  Ha llegado el momento en que yo me vuelva a meter a estudiar a la Universidad.”

Esta época era para tener fe que todo saliera bien y así fue.  Casi 6 años después, fuimos a la graduación de su Maestría en Administración en Recursos Humanos.  Nunca me había sentido tan orgullosa en mi vida al verla subir a la tarima a recoger su título con honores.  Hasta la fecha, todavía me pregunto cómo carajos hizo.

Fueron los años en que demostré mi verdadera inteligencia, porque nunca estudiaba ni hacía tareas, me quedé en noveno y se diagnosticó mi alergía permanente hacia las matemáticas.  También, fue cuando logró engañarme, haciéndome pensar que las tiendas de ropa americana eran boutiques desordenadas.  Y gracias a sus títulos universitarios, nuestro estilo de vida mejoró y fue cuando me mandó de viaje, prácticamente sola, por mis 15 años y de nuevo a las 18 al famoso intercambio, bajo el mismo lema:

“Comeremos mierda, pero usted se va de viaje.”

Lo he dicho miles de veces: gracias a su fe ciega, yo estoy donde estoy.

Por eso, un día como el 15 de Agosto, no solo celebro que sea una grandiosa mamá, si no ese par de cojones  bien puestos.

… pero la historia no termina aquí…

Pues la señora me llama muy tranquila y orgullosa, a contarme del post it que escribió hoy, como si hubiera reinventado el final de Don Quijote:

“Yo, doña Martha, renuncio.”

Yo, que soy una loca por el control y con tendencias obsesivas compulsivas, he pasado con dolor de estómago y de espalda… que no tienen idea.  No obstante, sí me siento orgullosa de que ella los tenga bien puestos para hacer respetar su dignidad y no dejarse menospreciar por una paciente (gorda, fea, con dientes de conejo) que la trató mal por su origen y casi le pega.  Definitivamente, hay que tener güevos para renunciar a un súper trabajo, en un país extranjero y de lengua extraña.

Pero repito, yo estoy en crisis.

Ella está tranquila.

Cuando terminó de contarme cómo la supervisora le dijo que, al final de cuentas, la gorda fea con dientes de conejo era la clienta y que doña Martha se tenía que adaptar… Yo pregunté lo que una mente histérica como la mía puede pensar (leánlo con voz de pánico):

“Y ahora, ¿qué va hacer?”

Ella contestó, como si le hubiera preguntado qué comió hoy:

“Diay mamita: aplicar en nuevos lugares y ver qué pasa.  Hay que tener fe, que Dios siempre provee.”

Cuando suena mi celular y veo el número, respiro profundo porque sé a lo que voy.  Contesto.  Que tiene unos fustanes blancos, negros y beiges que ya no usa y que me quiere regalar.  

“Pero yo no uso fustán desde que tengo como 10 años.”  

“¿Y entonces qué?  ¿Andas transparentando como la putilla del pueblo? Y aun así, ¿y no tenés marido?”

Doña Yelba Esperanza Moreira Chaves, gran matriarca, madre de doña Martha, mi progenitora.  A sus 85 años, es la dueña y señora toda poderosa de todo cuanto quehacer acontece en la familia Solano.  Nicaragüense de nacimiento, carácter y personalidad: ella es arrecha.  Su poder de mandato es tan imponente, que en vez de ser la abuelita que hace galletas, la llamamos abuelo  y ¡ay de aquel que no le haga caso cuando ella dice que se tienen que hacer las cosas!

Nosotras tenemos la verdadera relación amor-odio: amo pasar tiempo con ella hablando del pasado, socavando historias secretas de la familia, hablando de cuando era la única costurera de la Yunai.  Pero odio, eternamente, esa necesidad interna por mandarme a casar cada 15 minutos y a ser una mujer de su hogar.  Verán, de los once nietos, soy la que no se ha casado y no tiene hijos.

Cuando tenía 24 años, me fui a vivir con una amiga y un amigo gay.  Alguna matemática hizo en su cabeza, que me invitó a tomar café.  Entre rosquillas, pancito casero y pudín, abrió su corazón:

“Martha Iris, decime la verdad: ¿vos sos lesbiana?” 

¡Ah, puta!  Hasta me sacó las lágrimas de la carcajeada.

“Abuelo, yo no tengo como demostrártelo, pero te aseguro que a mí me gustan los hombres.  No me quiero casar porque quiero estudiar, viajar, trabajar, hacer un montón de cosas.”

“Pero, ¿qué más querés viajar y estudiar vos?  ¡Casate con un buen muchaho y dejá de trabajar!” 

“¡Mami, vea al abuelo!” 

“¡Dejá a la chiquita en paz, que si no se quiere casar, que no se case!”

Después de un pre-infarto, la fui a cuidar al hospital.  Con ojos a media asta y voz moribunda, me dijo que ella no se iba a morir hasta ver casados a todos sus nietos. 

“Ah, entonces vas para largo.” 

“No jodás, que yo ya estoy cansada.”

Mi abuela ha sobrevivido un matrimonio, tres partos, un cáncer en la matriz y su correspondiente “sacada de menudos”, un par de pre-infartos, un paro cardiaco, cantidad innumerables de ahogos asmáticos, operaciones de juanetes, artritis, solidificaciones en las arterias, incontinencia urinaria y, hace poco, una uñero que no la dejaba en paz.  Se los juro: no hay kryptonita capaz de terminar con la fortaleza de esta mujer.

Cuando le dio el paro, yo estaba con ella.  Verla tan frágil e indefensa me movió el piso y hasta los doctores dudaban que de esta, ni Tatica Dios la iba a sacar.  En 24 horas iba a terminar su otoño y había que llamar a mi mamá y hermana, que viven en el extranjero, para que viniera al último adiós: llegarían al día siguiente a las 10 am.

Mi tía, para que no se llevara una gran impresión, le contó esa misma noche.  A las 6 am nos llamaron porque la señora estaba de lo más bien.  Su recuperación fue tan sorprendente, que los médicos le dieron de alta en el momento justo que aterrizaron la repatriadas.  En la casa, puso orden y empezó a mandar la sarta de tiernitos para que hicieran lo que ella quería: 

“…¡Sonia, poné el café!  ¡Octavio, tráeme mi celular!  ¡Martha, traete ese pan rico de Barrio Lujan!…”

Es por eso que, de una manera muy cruel y déspota, sin perdón de Dios y que demuestra lo poco ser humanos que somos los Torres Solano, le tenemos un par de frases:

  • Yelba mala nunca muere.
  • La Esperanza es lo último que se pierde. 

Cada vez que le decimos, nos manda al carajo o a comer mierda (literalmente), bajo una risilla cómplice, pues sabe que va a sobrevivir el 2012 y las trompetas apocalípticas del fin del mundo.

Así es que, al día siguiente, después del trabajo, fui a ver lo que tenía.

“Te ves como una lora apaleada.”

“Que gusto verte.”

Se rie.  Me saca 6 pares de medias, 5 fustanes, 2 brassieres sin varillas.  Son mi regalo de cumpleaños.

 “Mirá, hay un fustán largo que es para vestido de novia.”  

“¿Y yo para qué quiero uno?”

“¡Diay qué! ¿No te pensás casar algún día?  Yo quiero comer queue antes de morirme.  No entiendo que es lo tanto que tenés que hacer.  Mirá, yo te regalo la refri…”

Ahí me doy cuenta que todo está bien.

El del centro es el del vestido de novia. No hubo manera de rechazarlo.

Imagínese ser la menor de cuatro hermanos, de papás divorciados, viviendo un apartamento de dos cuartos, mantenida por su mamá, quien es la única que provee el sustento familiar… y tendrá una ligera idea de cómo fue mi niñez.

Mis papás  se separaron justo después que yo cumplí mi primer año de vida.  Así es que mi mamá nos crió a los cuatro en el apartamento que está a la par de la casa de su madre: en la madrugada nos preparaba para la escuela, en la mañana trabajaba, en las tardes hacia extras.  En las noches llegaba tan cansada que el cuento para dormirme (que siempre “se sabía de memoria”) empezaba con una princesa en un castillo y terminaba siendo una ardilla en el bosque.

Pero eso sí, siempre que podía, nos traía algo rico: un Milán que partía en cuatro o una tajada de torta chilena que partía en cinco.  Veran, en mi casa reinaba la ley “o pa’todos, o patadas.”  Ay de aquel que recibiera algo diferente que los demás!  Eso significaba reclamos, quejas, quejidos, lloriqueos, malas caras… etc… etc… etc… del resto de la manada.

Justamente para evitar esas escenas, cada quien tenía su plato extendido y su plato hondo, su vaso y su tasa, su cobija y su juego de sabanas… todo de un mismo color.  A Oscar, el primogénito, le tocaba el azul.  A Rocío, la nerd, le tocaba el rojo.  A Luis, el macho, le tocaba el verde.

A mí el amarillo.

Uy!  Como odio ese color!  El problema es que es feo, neutro y las niñas siempre tienen sus cositas o rosadas o lilas o colorcitos así.  Siempre le insistí a mi mamá para que me cambiara el color, pero ¿cómo lo iba a hacer si había quincenas en las que recibía 1 500 colones en el cheque?

Entonces, según yo, trataba de engañar a todos.  Cogía las cosas de mi hermana, las ponía en mi lugar y decía que eran mías. 

Por supuesto, mi plan maquiavélico nunca funcionó. 

Lo que si salió a la perfección fue coger toda mi ropa amarilla y esconderla en la bodega de la casa.  Años después cuando hicieron una remodelación, la encontraron.  Cuando mi mamá me preguntó al respecto, muy amablemente le contesté: “ODIO EL AMARILLO. Punto.”


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